En una pequeña casa alejada del ruidoso mundo
ocupado, una señora, de aquellas, las de antes, plantó un árbol pensando en sus
nietos, ellos necesitaban algo de la naturaleza con qué convivir.
El árbol como los niños fue creciendo durante
los años, pequeñito, muy bonito pero bien fuerte.
Con el tiempo, se fue llenando de muchas
plantas que lo acompañaban, complementando su alegría el llegar de los niños
con golosinas que comían arriba de él; el viento movía sus hojas con orgullo y
sus ramas se fortalecían al escuchar las
risitas de éstos.
Pero un día al esperarlos como siempre, ellos
no llegaron, ni al día siguiente, ni al siguiente. Así pasaron semanas, y
meses, y años. El pequeño árbol no pudo acostumbrarse a su ausencia, sus hojas
comenzaron a secarse y sus ramas perdieron color. El viento y las plantas
constantemente trataban de alegrarlo, pero todos sus intentos fueron en vano.
Una tarde, mientras el árbol lloraba como lo
hacía día con día, una chica se detuvo frente a él y lo observó. Dio un gran
suspiro y dijo:
— ¿Qué te pasó, arbolito?-tomó una de sus
ramas—. Cuando yo era niña estabas tan vivo, ahora palideces.
El árbol reconoció a la chica que antes fue esa
niña que subía a él y comía golosinas, por un momento, sólo por uno pequeño,
pensó que volvían aquellos días.
—Extraño treparte—continuó ella—, cuando niña,
era tan fácil venir a contarte lo que otros no sabían escuchar. Pero mira,
estoy tan grande, si subo ahora podré lastimarte, por eso no volvimos más…
crecimos muy rápido y tú eras tan frágil…
El árbol comprendió que aquel abandono fue por
su bien, ya que los niños, no serían niños para siempre y entonces su tristeza
se desvaneció, ahora sentía el aire con calidez y a las plantas las escuchaba
con alegría.
La chica cada 3 días lo visitó, lo regó y lo
cuidó, a veces mientras hacía esta labor, le platicaba sus días, porque ella
sabía de cierta manera que él la escuchaba; estaba vivo, como todos a su alrededor.
Pasaron los años y el árbol siguió creciendo y
floreciendo, ahora sabía que no necesitaba ser trepado para que lo quisieran,
ya que podrían hacerle daño. La chica creció más y más hasta que llegó el día
de su muerte, y él estuvo ahí siempre, aún después de ella, de sus hijos y de
sus nietos.
FIN