Todo era igual, la misma
hora, el mismo lugar, los mismos “nosotros”, a excepción del helado que tenía
en la mano derecha, sabor a chongos y un poco de maquillaje, porque sentía que
nada me detendría esta vez. Con un libro de pasta dura color gris, caminaba al
son del ruido que surgía de las hojas de los árboles. Y enfrente estaba él… con
un lápiz más pequeño que mi dedo pulgar.
No había encontrado excusa
más formidable para salirme de casa a pasear, ni para irme temprano de la
escuela hasta que una tarde lo vi semi-acostado en una banca con un lápiz
mordisqueado, un blog de dibujo y un boceto de unos niños jugando. No era la
mujer más sociable, pero él tampoco llamaba la atención por eso, ni por lo guapo
que, minutos más tarde me daría cuenta que era.
Tomé lugar a su lado, con
uno de los libros que tenía para lectura personal, estaba decidiendo ponerme
los audífonos cuando el rozar del carbón con la hoja de papel hizo un fondo
espectacular… no pasé muchas páginas cuando decidió sentarse como una persona
normal y volteó a verme.
--Eh… ¿oye?--dijo acercando
su voz ronca, pero tan suave que hasta creía que tenía alguna textura exótica.
--¿Qué?--contesté volteando
a verlo. Me arrepentí, porque de seguro vio mi cara de estúpida al ver la barba
café que le rodeaba, los ojos del mismo color y unas pestañas medianas que
hacían un resalte en ese rostro blanco. Sí, mi cara fue de tonta… pero la suya
no era menor.
--Mhm…--se quedó congelado y
alzó el dibujo--. ¿Crees que esto se parece a lo que está aquí?--, apuntó a los
niños.
Y es que sí se parecía.
--No soy buena crítica…
digo, para que me guste mucho una pésima producción como lo es “The day after
tomorrow”… te imaginarás--, dije sin dejar de mirarlo, porque ¡carajo!, ¡qué
guapo era!
Comenzó a reír.
--Me basta con tu crítica…
¿crees que se parece?
--Sí, me gusta--sonreí y me
puse de pie.
El sonrió y regresó su vista
al dibujo, que con calma, creo que terminó.
Después de aquel día, no
faltaba ninguna tarde a verlo dibujar lo que fuera… y me iba imaginando que él
tampoco faltaba a mi perfil de lectura.
--Azul--dijo uno de esos
días mientras terminaba de colorear una hoja en aquel papel.
--¿Qué?--lo miré.
--El azul es mi color
favorito, me gusta hablar, trabajo en un café y…--me miró--, estoy soltero.
Todo se fue al carajo, estaba soltero y si quería podría aventarme directo a su boca y no dejar de besarlo.
--Ah…--pude contestar--. A
mí me gusta también el azul, odio las rosas… me gustan los girasoles, me gustan
mucho. No trabajo, me da miedo y el café me gusta.
Continué leyendo, para mi
sorpresa él no dibujó.
--¿Y…?--me invitó a que
siguiera.
--Y… mi sabor favorito en la
nieve es la vainilla.
--No era eso lo que espero
que digas…--todo era enserio, porque volteó a verme.
--Y… estoy soltera.
Sonrió y tocó mi barbilla
para continuar dibujando.
--Me llamo Andrés.
No sé lo que empezó a ser,
pero ciertamente nos gustábamos, y también supimos de nuestros gustos
lentamente, como que su nieve favorita era la de chongos, cosa que yo
detestaba, y que odiaba la jamaica. Él sabía que me gustaba los chicos barbones
y le hacía gracia entonces traer la suya en ese instante, así como detectaba un
trauma con los libros, por lo que pasados 6 meses, él me regaló el libro que
ahora llevaba en la mano.
Y entonces caminaba ya como
si nada al mismo lugar, donde estaba él… barbón y serio.
--Hola—le dije.
--Buenas tardes, señorita de
castillos lejanos—contesto, sin dejar de dibujar.
--¿Qué clase de monólogo
haces?—me reí.
--Ninguno, dijiste que te
gustaban las cosas de antes, ¿no? Intenté leer a Alejandro Dumas ayer—volteó a
mirarme--, lo siento, nena, no pude continuar. Aunque creo que se me pegaron
algunos modales de los reyes de Francia, ¿eh?
--Eres pésimo, Andrés—comencé
a decir--, yo no puedo impresionarte, mis dotes en dibujo son tan malos… como
lo soy en canto.
Comenzó a reír.
--Eres pésima, nena.
--Te traje una nieve de
chongos.
--Bueno, me impresionas.
Sonreí y se la di lista para
sentarme a leer, era un libro extraordinario de caballeros de la época de
no-sé-qué-personaje me había dicho Andrés.
--Espera… quiero que me
digas qué te parece esto—dijo tentando a la suerte de interrumpirme al leer.
Sacó de en medio de su blog
de notas un dibujo, no, bueno sí, un retratro hecho por él de mí… mi rostro era
idéntico tenía un libro en las manos y leía detenidamente.
--Guau—fue lo único que
atine a decir y al parecer le gustó.
--Creí que esta sería una
forma original de decirte que me enamoré de ti.
--¿Qué?—mi cara era la misma
a la del primer momento que lo vi.
--Sí… que creo que me
enamoré… me complementas, me complementas de una manera casi enfermiza. Me
gusta estar a tu lado, eres una compañía de maravilla y tengo ganas de besarte.
--Es que esto…-saqué un
papelito finamente doblado y se lo entregué.
Decía así:
“Creo que estoy enamorada, porque no necesito un fondo de música al escuchar el lápiz sobre el papel
dominado por ti”.
Sonrió y me miró.
--No esperaba menos de ti—se
acercó un poco--¿Y?
--Y… me gustó el libro que
me regalaste.
No esperó nada más y me dio
un beso.
Nuestro primer beso.
***
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