Intenté detener el inminente sentimiento que ví aproximarse una noche mientras tomaba vino tinto. Iba a ser un momento de intimidad y entretenimiento conmigo misma pero lo único que salió fue el llanto a cántaros, el llanto por cuatro horas seguidas en medio de la oscuridad. Veía borroso, escuchaba borroso, olía borroso, sentía borroso y en medio de esa confusión que mi cabeza se estaba inventando (porque una no puede sentir borroso) solo un pensamiento estaba claro: no hace falta que yo esté aquí.
La soledad se situó de mi lado en la cama matrimonial con sábanas de agua de mar. No aquella que disfruto tanto cuando me preparo algo rico de comer o que me sienta tan bien viendo una mala película en mi proyector. Era esa que me inventa que no hay nadie ahí para mí y que en ese profundo hoyo, que ya no era azul de medio día, sino uno tormentoso de media noche, me invitó a no pedir ayuda y una vez más la disposición a la muerte fue casi absoluta.
El ser humano, se ha repetido ya tantas veces, tiene mecanismos sencillos para morir. Yo misma intenté ya algunos previamente, así que las ideas no faltaron, pero la resistencia salió con una fuerza apabullante en forma de mi mamá, se clarificó tanto en un momento que entonces me paré a orinar. Mis ojos no podían más, yo tampoco, me dormí pero no descansé.
La mañana siguiente nada fluyó, pero al menos estaba estoica, la droga ayudó y lo hizo por los siguientes seis días. Todo continuó borroso y por mera disciplina me mantuve de pie.
Entonces regresó poco a poco mi normalidad alterada en donde pude comenzar a contarle a la gente cómo me sentí. Me abruma lo fácil que es creer que estoy sola y lo difícil que es admitir todo el amor que me rodea. Pero lo intento y lo admito: hago falta tanto como me hacen falta a mí.
A los depresivos, como a los adictos, nos deberían de festejar los periodos de estabilidad con un pastel. Yo tendría uno ahora mismo por llevar dos días continuos sin pensar en el suicidio.
0 comentarios:
Publicar un comentario