Estaba acostada a mi lado con una de sus piernas arriba
de las mías, tarareaba sin cesar un de sus canciones favoritas mientas se
arrullaba, sólo la observaba acariciando su rostro, tan gentil, tan conocido,
tan bonito.
Abrió los ojos para mirarme.
Sonrió.
-¿Qué miras?-alzo una ceja, eso hacía cuando sabía la
respuesta al hacer la pregunta.
-Me siento tan seguro cuando te tengo tan cerca-respondí
sin dejar de acariciarle el rostro.
-¿No debería ser al revés?
-Tal vez…
-Entonces… ¿admites que hiciste que Tláloc expulsara sus
aguas sólo para quedarme a dormir contigo? Qué buena idea, amor.
Comencé a reír, siempre era tan ella, con sus ideas locas
que de un modo u otro, la hacían quedarse en la niñez.
-Me has descubierto-suspiré sin dejar de sonreír.
-Siempre lo hago-besó mi mejilla y cerró los ojos para no
despertar en un buen rato.
Verla tan tranquila me hacía recordar la tarde que
habíamos tenido en el parque, la saqué llorando de su casa sin ningún motivo,
se sentía sola. Solía pasarle a diario, llevaba botas y un impermeable azul.
Sabía que llovería.
Estuvimos abrazados un buen rato, después caminamos y
sentí, de nuevo que estaba seguro a su lado, porque brincaba en los charcos,
porque sonreía y porque me hacía feliz.
Su mano calientita entrelazada con la mía mientras
mantenía el equilibrio en una banqueta angosta, hacía que ni el aire que hacía
me afectara en absoluto.
Tenía el pelo sin peinar. “No me gusta perder el tiempo
en cosas como esas” me decía cuando le preguntaba cuándo la vería peinada “ya
sabes, pintarte, peinarte, ver qué te pones…” le daba un mordisco a su paleta y
me miraba con esos ojos cafés que derretían a cualquiera “¿crees que no soy
bonita así?”.
Le respondía que no fuera tonta al pensar eso, ella en
pijama o en ropa interior era hermosa, no importaba.
Aquella noche llovía a cantaros “alguien hizo una gran
fiesta en honor a Tláloc, de seguro tú pagaste por ello”, decía haciendo burlas
sobre mi estatus social “sí, diste mucho dinero para que yo me quedara aquí en
tus brazos, ¿no es así amor?”.
Sólo reí y la cubrí con una toalla para que se duchara.
Era rico, sí, ella no, pero aún así decidí comprar el departamento más pequeño
y a ella le encantaba.
-Qué tacaño-dijo la primera vez que lo vio.
Casi nunca se quedaba pero ese día no podía manejar,
temía que de regreso chocara y los sesos se me salieran, claro, era su manera
de decir que se preocupaba por mí.
Dormida terminó, cuando de repente entendí que ese ya no
era sitio, que necesitábamos comenzar nuestro hogar, porque ya no quería que
durmiera en ningún otro lugar. Lo entendí.
***
Al despertar, tempranito me puse la chaqueta, me subí al
carro y manejé hasta una tienda de antigüedades, sabía lo que quería.
-¡Mira ese anillo!-lo apuntó con la emoción reflejada
hace unos meses-, es hermoso.
Acostumbrada a no darle la vuelta rogando algo que no
tendría, tomó mi mano de nuevo.
Ahora no iba ella, pero sin duda lo había elegido.