-¿Por qué las palmeras no
son árboles?-preguntó Carmen a su abuela mientras veía cómo llovía afuera.
-Por el sentido botánico que
tiene-contestó la anciana sin dejar de mirar lo que estaba escribiendo.
-Pero, los hombres las
“talan” como a los árboles-siguió discutiendo la muchacha mientras sentía un
escalofrío por el sinfín de palmeras que la rodeaban.
-Pero es una hierba, según
muchos libros-contestó de nuevo Doña Antolina.
-Deberían de entrar en alguna
discusión en donde no permitan poner de manera objetiva que la palmera no es un
árbol, abuela, a mí me parece que estamos dentro de un bosque… tropical.
Doña Antolina comenzó a
reírse ante el enojo instantáneo de su nieta, era agradable pasar la vida o, los últimos años, como ella misma decía,
con una joven cincuenta y cinco años menor, que pensaba ya como alguien maduro.
-Te apoyo… y te apoyaré más
si termino esta carta.
Carmen asintió guardando silencio,
a pesar de ser una forma de comunicación ya obsoleta, sabía que a su abuela le
agradaba seguir enviando cartas, lo que aparte de aprobar sin ninguna objeción,
le fascinaba.
Después de un largo silencio
que sólo se quebraba por el viento o el agua, la joven volvió a quejarse.
-Maldita lluvia.
-Pensé que te gustaba la
lluvia, bambina.
-Me gusta cuando mi tía no
fantasea con que es un ciclón, traje mis botas de lluvia para la ocasión-alzó
las manos desesperada-, ¡y no puedo usarlas!
Antolina volvió a reír
doblando ya la hoja.
-¿Y esto no es un ciclón?
-No, abuela, sino ya
estaríamos muertas. Es sólo una precipitación… quiero salir, el mar se pone
bonito.
La anciana se puso de pie y
abrazó a su nieta.
-Hoy quédate conmigo un
ratito más.
-Siempre estoy
contigo-Carmen sonrió correspondiendo al abrazo.
El tiempo volvió a pasar,
ahora la más joven leía en su cama, que muy apropósito había acomodado pegada a
la ventana por dos razones: “en el día entra mucha luz, y en la noche no se ve
más que el cielo”; la más adulta leía también, pero con ayuda de una lámpara de
lectura que su nieta le había regalado por su cumpleaños setenta y cuatro, tan
a gusto estaban entre ambas, que hasta el no hablarse resultaba espléndido. Es
así como estaban, ambas ensimismadas, cuando llegó la tía de la primera que a
la vez era la hija de la segunda.
-¡Mamá!-dijo abriendo la
puerta.
Antolina alzó la vista.
-¿Qué ocurre?
Carmen miró la escena sin
hacer acto de presencia.
-¿Recuerdas a Hortensia, una
vieja amiga?
-Quizá-la señora sonrió.
-Mañana van a venir a
desayunar ella y toda la familia y necesito tu ayuda.
-¿Para quedar bien? ¿Para
que vea que no fracasaste en la vida? ¿Para que vea que tus hijas son más
bonitas que las de ella?-habló por primera vez Carmen.
Hubo un silencio sepulcral
cargado de armonía que se desvaneció al escucharse las carcajadas de las tres
mujeres.
-¡Eres una tonta!-dijo su
tía, Davina-. Y no, porque tiene puros hijos varones… ¿mamá?-volteó con
Antolina.
-Sí… está bien-contestó la
anciana-. Si me prometes ya no usar tu móvil hasta que regresemos a casa.
Carmen asomó su cabeza y vio
a Davina con la mano derecha detrás de su fisonomía, sonrió de nuevo al saber
que estaba en problemas, y no es que no la quisiera, la adoraba, pero tenía ya
mucho tiempo tratándola como una hermana… no como su tía.
-Lo usé porque Abdón llamó
para decir que llegan en la madrugada, tuvieron que detenerse por la lluvia.
-Bien-dijo Doña Antolina
dando por concluida la plática-. Mañana bajo a las siete para lo que necesites.
Davina asintió contenta y
miró a su sobrina.
-¿Tú no dices nada porque tu
padre, madre y hermana vienen?-alzó una ceja.
-Ojalá de verdad
estuviéramos en un ciclón-respondió, mirando a la ventana con tristeza, ya no
quiso hacer nada más que admirar lo que ella (o quizá miles de personas más)
conocían como el bosque tropical.
***
Cambié el diseño del blog porque Derek me pasó una plantilla como regalo por ser super cúl (si es que se le llama regalo a un archivo que se envían por facebook-feisbuc-), y me parece demasiado armónico porque sí, el blanco, negro y gris son muy armónicos para mí, así que gracias por el detalle de tomarme en cuenta *le manda besitos cibernéticos hasta Villacorona*.