Pensamiento triste

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Apenas se estaba desengañando del mundo, cuando de nuevo éste le dio una patada en el “culo”, por eso es que caminaba con la mirada llena de tristeza y recelo en cualquier lugar.

Lo que más le preocupaba de todo ese asunto –sin mencionar, claro, las preocupaciones que son de real importancia- era que el chico aún le atraía a pesar de todo lo que había intentado hacer para quitárselo de la cabeza.

Estaba sentada en una banca aventándole migajas de pan a las palomas, su mirada era vacía y tenía el rostro cansado, se había desvelado de nuevo haciendo tarea, no esperó más, se puso de pie y caminó a la parada del camión para ir directo a la universidad.

¿Qué hacía? Pareciese que él la buscaba para tenerla comiendo de la palma de su mano, pero no era así, él tal vez, muy a pesar de ella, le huía, y podría tener muchos defectos, pero al menos era realista.

-No sé-dijo su amiga después de escucharla quejarse de un gusto no correspondió-, interactúas con más chicos, chicos guapos e inteligentes.

-Pero este tiene un toque especial, no sé.

-¿Guapo, inteligente e inalcanzable? Bueno, quizá lo último no, pero enserio, no puedes estar esperando a alguien que no sabe que lo esperan, hay miles de chicos por ahí esperando que le des besitos.

Ella no insistió en aquella plática, se sentía abatida por el hecho de que le gustaba alguien que aparte de ignorarla creía que era una idiota. ¿Idiota? Qué termino tan cruel, pero prefería frustrarse sola con sus pensamientos a que alguien más la frustrara.

-Mira…-volvió a decir su amiga comiendo una rebanada de jamón-, quizá se den las cosas después, sean felices y cosas de esas.

-No creo-negó con la cabeza, ahora sí quería dar por terminado el tema-, es la verdad: no lo creo. Y puedo vivir sin remordimientos, pero cuando se mete a mi cabeza es imposible no analizar cada uno de sus movimientos.

Su amiga comenzó a reír y se puso de pie, pues ya estaba entrando el profesor al aula.

-Créeme-le pasó un brazo por el cuello-, algo me dice y asegura que él caerá rendido de amor por ti, pero no es el momento.


Ella sólo puso los ojos en blanco y como siempre, no le creyó.

"Orgullo y prejuicio" (no es crítica literaria)

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Como nadie sabrá (o quizá tú sí, Brenda porque tú supiste) estas vacaciones tuve el privilegio de leer “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, que por si fuera poco me gustó mucho.
Debo de confesar que no soy nada adepta al típico “vi la película y obvio por eso leí el libro”, NO, si vi primero la película evito por todos los medios posibles encontrarme con el libro, pero en el caso de este libro debo confesar que vi su adaptación a película primero.

Para empezar, la primera vez que vi la adaptación, con todo y mi sinceridad incluida, admito que sólo presté atención a los detalles más nimios como que Bingley se le arrodilla a Jane o que los protagonistas sí quedan juntos; el libro llegó a mis manos el pasado 23 de abril (día del libro, amiguitos) cuando mi valentía y yo subimos a leer el capítulo 43 y después de eso simplemente me lo regalaron.

No lo abrí hasta vacaciones por dos cosas: la primera es que tenía otros autores que para mí, al menos, son más importantes –como Dumas, por ejemplo-. Y la segunda es, porque leer esto en la facultad ya no es tan fácil como yo creía *inserte aquí ícono llorando-, de cualquier manera, aclaro que amo estudiar lo que estudio, punto.

En fin, lo abrí y lo leí en dos semanas, fue algo que me pareció agradable porque me sentí cómoda, digo, no es una trama desesperante donde te frustras, es algo tranquilo y sobre todo romántico.

Después de que terminé el libro convencí a mi mamá de comprar la película, porque obviamente ahora sí iba a prestar atención a todo y como mi mamá me hace caso en la mayoría de mis situaciones “peligrosas” un domingo volví a ver la película y ahora sí, yendo al grano tengo algunas opiniones al respecto de esta historia:
1.   Como creo que todas las que hemos leído “Orgullo y prejuicio”, me sentí identificada con Elizabeth. Digo, casi todas nos creemos independientes y con la valentía de decirle a un chico romántico –y nada feo- que no nos casaríamos con él por engreído, ¿no? Aunque por otra parte, también me sentí identificada con ella por el simple hecho de esa autonomía y gusto por la lectura, alguien a quien le gusta caminar sin importar que llegue con el dobladillo lleno de lodo.
Restándole importancia a eso, también me sentí como María, la hermana intermedia, muy inteligente si me lo preguntan, aunque amargada (ahí entra mi identificación).

2.    El encanto de Bingley, no sé, pero me provoca mucha risa y ternura el hecho de sus mal interpretadas palabras y de su poca autonomía mental, aunque la verdad, la primera vez que vi la película (la vez que, reitero, no presté mucha atención) me enamoré del hombre, porque sí, porque es hermoso, porque es dulce, encantador, y no es amargado; viéndolo por otro lado, no me agradaría casarme con un Sr. Bingley, “¿por qué, Dani, si es rico y guapo?”. PORQUE NO, ¿a quién le agrada un hombre que se deje llevar por la opinión de un amigo y no de él propio? Al menos a mí no.

3.    Darcy, no sé… a mí no me parece engreído en ningún momento, siendo sinceros, creo que todos los hombres son así “ay, Dani, ya vas a criticar a los hombres”, no me refiero a eso, créanme, me refiero al hecho de que a un chico –palabra apropiada donde yo usaría bato/morro- no le vas a gustar de la nada… a menos que tengas senos y nalgas u ojos claros o cara bonita, simplemente no, quizá seas muy fea para él o como el Sr. Darcy diría “tolerable” (me acabo de dar una lección yo sola). Ahí es donde yo me siento más identificada con Elizabeth, por el hecho de que aunque a ella aún no le llamaba la atención ¡oye! Me ha pasado infinidad de veces con los hombres que llaman mi atención y por mala suerte yo a ellos no les llamo. PUNTO; pero haciendo de lado eso, Darcy es la persona más sensata y detallista, aparte con cerebro, ¿qué si es orgulloso? En esta época todos lo somos.

4.    Por último, la trama de amor entre Lizzie y Darcy; a mí me encantó, es algo no muy fantasioso, te hace ver que a veces con quien menos esperas terminas, a pesar de todo lo que puedas pensar de esa persona.


Al final de todo esto, debo decir que me gustó mucho el libro y prestando más atención a la película todo fue yendo mejor. Así que pues, ahí está. 

La herencia de la nieta

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Era un día de la semana ya no específico para mi cabeza, estábamos en su cuarto, ese que quedaba al fondo, blanco y con música instrumental de fondo; acababa de lavar ropa y por muy extraño que parezca le ayudaba a doblarla.

-Qué bonita ropa tienes, abue, dámela toda.

Ella comenzó a reírse pues pensaba que no hablaba enserio y me pasó un blusa blanca con lunares negros.

-A nadie le gusta la ropa de una viejita-dijo mirándome.

-¿Ah? Yo no dije que tu ropa sea de viejita, es simplemente muy bonita. ¿Me la darás? Toda.

Sonreí, ella también contestando con algo que no esperaba.

-Ya que me muera.

Prefería mil veces quedarme con harapos a tener su ropa a cambio de su muerte, eso era obvio, así que lo dejé por concluido y dejé que me contara sus experiencias de joven.

***

Estaba sentada en su sala, leyendo uno de mis libros nuevos, mientras ella hacía de comer, era muy fácil leer en su presencia, pues nunca, de los nuncas me interrumpía.

Minutos después llegó una camioneta plateada que traía dentro a una de mis tías, o sea, su hermana Bibi. Bajó, miró las plantas y caminó a la puerta.

-¿Quién es?-preguntó mi abue desde el cuarto.

-Es mi tía Bibi-dije poniéndome de pie para ir a abrir la puerta.

No pasaron dos segundos cuando vi la imagen de mi abue en una mujer un poco más chica que ella, muy alegre.

-¡Hola muchachita!-dijo pasando.

-Hola, tía-le sonreí y la saludé.

-¿Cómo estás? ¿Y la escuela? ¿No tienes clases?

-Salí temprano-dejé que saludara a mi abue.

Después de un monólogo adecuado salió a relucir lo bonito que era el pantalón y la blusa de mi abue.

-Gracias-dijo ella-. ¿Creerás que esta niña la quiere toda? Se me hace muy curiosa, nadie quiere la ropa de su abuela, pero ella sí; ya le dije, que cuando me muera se la voy a dar, como le prometí mis discos a su mamá.

Todos reímos aquella vez.


Ahora escribo esto con uno de sus chalecos blancos, que me ha recordado mucho a ella esta mañana, y sin duda, ni el dinero pudo ser una mejor herencia para mí.

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