Era
un día de la semana ya no específico para mi cabeza, estábamos en su cuarto,
ese que quedaba al fondo, blanco y con música instrumental de fondo; acababa de
lavar ropa y por muy extraño que parezca le ayudaba a doblarla.
-Qué
bonita ropa tienes, abue, dámela toda.
Ella
comenzó a reírse pues pensaba que no hablaba enserio y me pasó un blusa blanca
con lunares negros.
-A
nadie le gusta la ropa de una viejita-dijo mirándome.
-¿Ah?
Yo no dije que tu ropa sea de viejita, es simplemente muy bonita. ¿Me la darás?
Toda.
Sonreí,
ella también contestando con algo que no esperaba.
-Ya
que me muera.
Prefería
mil veces quedarme con harapos a tener su ropa a cambio de su muerte, eso era
obvio, así que lo dejé por concluido y dejé que me contara sus experiencias de
joven.
***
Estaba
sentada en su sala, leyendo uno de mis libros nuevos, mientras ella hacía de
comer, era muy fácil leer en su presencia, pues nunca, de los nuncas me interrumpía.
Minutos
después llegó una camioneta plateada que traía dentro a una de mis tías, o sea,
su hermana Bibi. Bajó, miró las plantas y caminó a la puerta.
-¿Quién
es?-preguntó mi abue desde el cuarto.
-Es
mi tía Bibi-dije poniéndome de pie para ir a abrir la puerta.
No
pasaron dos segundos cuando vi la imagen de mi abue en una mujer un poco más
chica que ella, muy alegre.
-¡Hola
muchachita!-dijo pasando.
-Hola,
tía-le sonreí y la saludé.
-¿Cómo
estás? ¿Y la escuela? ¿No tienes clases?
-Salí
temprano-dejé que saludara a mi abue.
Después
de un monólogo adecuado salió a relucir lo bonito que era el pantalón y la
blusa de mi abue.
-Gracias-dijo
ella-. ¿Creerás que esta niña la quiere toda? Se me hace muy curiosa, nadie
quiere la ropa de su abuela, pero ella sí; ya le dije, que cuando me muera se
la voy a dar, como le prometí mis discos a su mamá.
Todos
reímos aquella vez.
Ahora
escribo esto con uno de sus chalecos blancos, que me ha recordado mucho a ella
esta mañana, y sin duda, ni el dinero pudo ser una mejor herencia para mí.
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