Me puse de pie y con mis manos en la cadera observé el paisaje construido: libros por todos lados, tres cilindros azules que tenían dentro diferentes líquidos, basura por doquier, pero no cualquier tipo, rastros de lápiz y goma, envoltura de un chocolate, de los skittles de hace una semana y muy recientemente el de las picafresas que me compré en el Aurrerá. Era hora de limpiar lo que me hizo descubrir un tipo de ansiedad que no había contemplado con detenimiento.
Tengo toda la vida con mi ansiedad, sé perfectamente cómo se siente pues ella está conmigo todo el tiempo, en momentos más presente que en otros, pero no se va (diría la canción, ya sé qué malos gustos tienes, Daniela). Sé que puede detonarse por cosas tan insignificantes como el tono de voz de alguien o porque no me baño a la hora en que se supone debía hacerlo, lo más difícil quizá es aceptarlo en un mundo que insiste no en entenderte, sino en creer que exageras. Amistades: sé perfectamente que me ahogo en un vaso de agua e intento todo el tiempo que no sea así, aunque el esfuerzo no se note.
No vengo a hablar de ansiedad o no de esa crónica que me va a acompañar hasta el día de mi muerte, sino de un subtipo, de uno que quizá se incubó en el proceso de maestría porque así debía ser y que en ese momento no pude (o no quise, mira que me gusta ignorar cosas) darme cuenta de lo que hacía, pero que al final considero bonito, fue como proyectarme, verme de lejos y empezar a caracterizar lo que me hace, mi esencia aunque a veces me gusta ser anti-esencialista.
El sábado caminaba por la colonia Escandón con mi amigo Isaac (vivo en Ciudad de México en este momento, ni yo me lo creo pero estamos tomándolo bien), íbamos en busca de un café que él conocía y que consideraba estaba rico porque le haría una entrevista acerca de su tema de investigación tan cercano al mío. El "¿cómo vas?" durante estos procesos es muy común y en mi vida pintoresca, trágica, dramática y cómica siempre hay algo que está pasando. En ese momento escribía mi estado del arte cosa que pudo hacerse con más calma gracias a que la universidad en donde estudio está en paro.
Fue entonces que le conté que el martes pasado en un ataque de histeria corrí a comprar un montón de gusguerías: chocolates, gomitas, cacahuates, churrumáis con limoncito y una coca que me serví con mucho hielo. No pasó, como en otras ocasiones, que tomé un poco y lo demás lo guardé. NO. Con una firmeza que cuando me aparece tumba paredes me llevé todo al escritorio, me senté frente al documento abierto y comencé a escribir. Pasaron tres párrafos y sentí ese tipo de ansiedad, esa que es la que me acompaña siempre pero diferente, un vacío en el estómago se abría y entonces o me lanzaba del quinto piso o me atascaba de lo primero que viera: mis churrumáis con limoncito.
"Escribir me da mucha hambre" pausé mi gran anécdota para decirle eso a Isaac, a lo que él coincidió y me invitó a tener algo más sano para esos atracones.
Pensé caminando que quizá un mango no me ayudaría a llenar mi vacío. Después del primer atracón vino el segundo seguido de escribir otros tres párrafos, esta vez fue un chocolate y mucha agua. Una vez más ese día mis skittles que a pesar del apuro logré dividir en colores y de nuevo mucha agua. Aunado a los atracones comencé a mover todo de lugar: abrir libros, hojearlos, no guardar mis zapatos, colorear a lo loco, borrar, sacar punta. Mi yo en el proceso de escritura quería a como diera lugar un caos.
Fue hasta hoy que di por terminado ese trabajo que pude ser consiente del desorden y de lo orgullosa que me sentía de él. Vuelvo a mi yo con las manos en la cadera, me tomo la barbilla, muevo mi pelo que ahora está muy largo, "¿por qué eres así, Daniela?", me pregunté genuinamente porque no me entendía y caí en cuenta: el caos es el producto de que algo estoy haciendo y por alguna razón ese caos me dice que estoy haciendo algo bien.
Dibujo cuando sé perfectamente que no lo sé hacer, pero hay un esfuerzo que se ve reflejado en la goma usada, en el crayón mocho o en la basura del lápiz que está por ahí.
Escribo aunque dude mucho de mi trabajo porque ahí están los libros, rayados y subrayados, hojeados, doblados, marcados, e incluso vagos recuerdos de mí leyéndome en voz alta diciendo "TAN BUENA QUE ERES EN LO QUE HACES Y TE PONES A DUDAR".
Estoy activa y eso lo demuestra la basura de mis gusguerías una semana después de haberlas consumido porque tengo hambre, mucha hambre y me despierto tan temprano y eso quiere decir que quiero vivir, mi libro favorito dice entonces "es preciso haber querido morir para saber cuán buena es la vida". Lo leí hace diez años y hace un mes, lloré en los dos momentos, sin duda en aquellas dos épocas yo solo quería desaparecer, pero tampoco tenía el valor de hacerlo.
El caos me recuerda que estoy haciendo algo que me apasiona: investigar. Con sus respectivos cuidados que estoy dispuesta a tomar, esa ansiedad de atascarme mientras escribo me da señales de algo que hace menos de un año pensé que no volvería a hacer, vale la pena retenerlo.
Hay un corrido que traigo ahorita en la cabeza de Junior H que dice
"Claro que se amerita
en mi rostro una sonrisa
la mala racha ya pasó".
Y no puedo estar más de acuerdo con él y con Dumas: sí quise morirme, pero ahora sé que la vida puede ser buena.
Diría una tal Daniela Rodríguez "la vida es bella, pero no perfecta".