Lloré como desquiciada...

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 ...después de terminar un libro

al sentirme amenazada por un peligro en el que ya no estoy

pero estuve y pude salir de ahí

no como muchas otras que no lo lograron

no se desgarraron para salir, ni para entrar

ni hacer eso las dejaron

y me pregunto, ¿por qué fui yo tan afortunada?

¿hay un manto protector que todo lo puede?

tengo el lenguaje que me ayuda a identificar y a nombrar esa violencia

lloré todas las noches, resulté lastimada física y emocionalmente

"esto ya no me gusta" dije una vez amarrada por la ansiedad

lloré como desquiciada al sentir el peligro en el que estaba

pero ya no estuve porque así como liliana creo que se puede otro tipo de amor

otro que te arropa cuando crees que estás rota. 

El sacapuntas más preciado

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 Ayer comencé a leer el segundo libro del año [y digo guau, segundo]. Todo es relativo, según el porcentaje de lecturas de 2021, voy demasiado lenta; de acuerdo a lo que la depresión me dejó leer el año pasado, este es un gran avance. La lectura es triste, habla del pasado, de la añoranza, de una persona muerta que quien escribe ni esperaba, ni quería que muriera [¿y es que quién espera o quiere que muera alguien? No contesten, la respuesta es terrible].


En ese trayecto en el texto me sentí identificada, sí por la añoranza al pasado, pero también por mi perfil aspiracionista en la escritura [la personal, la literaria, la académica], ansío como pocas cosas en la vida ser lo suficientemente poética, exagerar más allá de mis sentidos lo que vivo, ser dramática, histérica. Escandalosa. Ser escandalosa en mi vivir es el propósito que me puse a los 12 años cuando mientras estaba en primero de secundaria, las gritonas de tercero me parecieron hermosas en su escándalo. 


Más allá de eso, el aspirar escribir como esta escritora me trajo también a la mente lo poderosos que son los recuerdos. Ayer terminaba de leer por la noche, después de un día lleno de muchas lecturas: Estudios Culturales, El Lugar de la Cultura, Los Señores de la Costa y El Invencible Verano de Liliana, cuando me puse a colorear. Un cuadro que vi en pinterest que quise recrear en mi libreta por el mero gusto de gastar colores [aunque al parecer los únicos que gasto son los azules, para sorpresa de nadie]. La punta del azul marino estaba achatada y necesitaba un retoque, busqué en mi bolsa de lápices que tiene una Mafalda sentada y de todos los sacapuntas que tengo [el que compré, el que me llevó mi mamá, mi último regalo del día del niño] salió ese en forma de cangrejo azul destazado [más por el tiempo que por mi descuido], el recuerdo explotó. 


Mi abuela siempre me quiso más que a todos mis primos, lo digo ahora con toda seguridad porque me da la gana y porque mi familia no lee esto y si sí qué más da, más separados no podemos estar. Y por ese cariño que tiene una gran explicación que fue vivir con ella no dejó de regalarme cosas porque el simple hecho de existir [y es que si algo sé de amor es por mi abuela y por mi madre que me aman por ese simple hecho de respirar]. De todo lo que me dio, solo recuerdo lo último porque es impresionante cómo es que nunca sabemos que será lo último hasta después de haberlo pasado, y ahí están los recuerdos: el último libro que me compró, la última dedicatoria que me escribió, el último regalo de cumpleaños que me obsequió, apenada porque ya con el cáncer en el cerebro se olvidó de mis 17 otoños, el último regalo del día del niño [de la niña queda mejor] que me entregó.


Un pequeño sacapuntas en forma de cangrejo azul, con ojos saltones, patillas verdes y brazos naranjas, cuando le sacabas punta sus extremidades se movían. Le abrías la parte delantera y sacabas la basura del lápiz. Era 30 de abril y estábamos en su casa, MI casa, sentadas en la barra de la cocina cuando sacó su sacapuntas, MI sacapuntas. Sonreí, quizá y ella me dijo "Feliz día del niño", yo ya estaba en los 16 años, niña claramente no era, pero no la corregí, jamás lo he hecho porque ante todo soy mimada y perder ese privilegio solo lo hará mi muerte. Fue un sacapuntas común hasta que meses después de su muerte, alguien en la universidad me pidió prestado un sacapuntas, saqué mi cangrejo azul... lo miré con detenimiento, en ese entonces llevaba conmigo más de un año y sin cuidarlo seguía ahí. Un tesoro invaluable.


"Te lo voy a prestar, pero tienes que cuídamelo mucho porque fue el último regalo del día del niño que me dio mi abue" decía cuidadosamente, importaba poco qué pensaba el otro, para mí era un asunto serio. 


Asentían y como si entendieran el significado el cangrejo azul siempre llegaba. Era 2012.


Es 2023 y sigue aquí, cercenado por el tiempo, 12 años se dicen fáciles, no lo son. El recuerdo me llegó de golpe, ahora ni loca lo presto, tengo otro, el que compré, que puede perderse en el abismo.


Sonrío viendo el objeto, lo beso. Ya no lloro, la muerte no se supera, se vive con ella, se sostiene con lo que a su paso en la vida deja. 

La no correspondida

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 Entre posibilidades se mezcla


lo da todo con la esperanza de que esté de regreso


y no regresa. 

Después de la tormenta

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Me puse de pie y con mis manos en la cadera observé el paisaje construido: libros por todos lados, tres cilindros azules que tenían dentro diferentes líquidos, basura por doquier, pero no cualquier tipo, rastros de lápiz y goma, envoltura de un chocolate, de los skittles de hace una semana y muy recientemente el de las picafresas que me compré en el Aurrerá. Era hora de limpiar lo que me hizo descubrir un tipo de ansiedad que no había contemplado con detenimiento. 


Tengo toda la vida con mi ansiedad, sé perfectamente cómo se siente pues ella está conmigo todo el tiempo, en momentos más presente que en otros, pero no se va (diría la canción, ya sé qué malos gustos tienes, Daniela). Sé que puede detonarse por cosas tan insignificantes como el tono de voz de alguien o porque no me baño a la hora en que se supone debía hacerlo, lo más difícil quizá es aceptarlo en un mundo que insiste no en entenderte, sino en creer que exageras. Amistades: sé perfectamente que me ahogo en un vaso de agua e intento todo el tiempo que no sea así, aunque el esfuerzo no se note. 


No vengo a hablar de ansiedad o no de esa crónica que me va a acompañar hasta el día de mi muerte, sino de un subtipo, de uno que quizá se incubó en el proceso de maestría porque así debía ser y que en ese momento no pude (o no quise, mira que me gusta ignorar cosas) darme cuenta de lo que hacía, pero que al final considero bonito, fue como proyectarme, verme de lejos y empezar a caracterizar lo que me hace, mi esencia aunque a veces me gusta ser anti-esencialista. 


El sábado caminaba por la colonia Escandón con mi amigo Isaac (vivo en Ciudad de México en este momento, ni yo me lo creo pero estamos tomándolo bien), íbamos en busca de un café que él conocía y que consideraba estaba rico porque le haría una entrevista acerca de su tema de investigación tan cercano al mío. El "¿cómo vas?" durante estos procesos es muy común y en mi vida pintoresca, trágica, dramática y cómica siempre hay algo que está pasando. En ese momento escribía mi estado del arte cosa que pudo hacerse con más calma gracias a que la universidad en donde estudio está en paro. 


Fue entonces que le conté que el martes pasado en un ataque de histeria corrí a comprar un montón de gusguerías: chocolates, gomitas, cacahuates, churrumáis con limoncito y una coca que me serví con mucho hielo. No pasó, como en otras ocasiones, que tomé un poco y lo demás lo guardé. NO. Con una firmeza que cuando me aparece tumba paredes me llevé todo al escritorio, me senté frente al documento abierto y comencé a escribir. Pasaron tres párrafos y sentí ese tipo de ansiedad, esa que es la que me acompaña siempre pero diferente, un vacío en el estómago se abría y entonces o me lanzaba del quinto piso o me atascaba de lo primero que viera: mis churrumáis con limoncito. 


"Escribir me da mucha hambre" pausé mi gran anécdota para decirle eso a Isaac, a lo que él coincidió y me invitó a tener algo más sano para esos atracones. 


Pensé caminando que quizá un mango no me ayudaría a llenar mi vacío. Después del primer atracón vino el segundo seguido de escribir otros tres párrafos, esta vez fue un chocolate y mucha agua. Una vez más ese día mis skittles que a pesar del apuro logré dividir en colores y de nuevo mucha agua. Aunado a los atracones comencé a mover todo de lugar: abrir libros, hojearlos, no guardar mis zapatos, colorear a lo loco, borrar, sacar punta. Mi yo en el proceso de escritura quería a como diera lugar un caos.


Fue hasta hoy que di por terminado ese trabajo que pude ser consiente del desorden y de lo orgullosa que me sentía de él. Vuelvo a mi yo con las manos en la cadera, me tomo la barbilla, muevo mi pelo que ahora está muy largo, "¿por qué eres así, Daniela?", me pregunté genuinamente porque no me entendía y caí en cuenta: el caos es el producto de que algo estoy haciendo y por alguna razón ese caos me dice que estoy haciendo algo bien. 


Dibujo cuando sé perfectamente que no lo sé hacer, pero hay un esfuerzo que se ve reflejado en la goma usada, en el crayón mocho o en la basura del lápiz que está por ahí. 


Escribo aunque dude mucho de mi trabajo porque ahí están los libros, rayados y subrayados, hojeados, doblados, marcados, e incluso vagos recuerdos de mí leyéndome en voz alta diciendo "TAN BUENA QUE ERES EN LO QUE HACES Y TE PONES A DUDAR".


Estoy activa y eso lo demuestra la basura de mis gusguerías una semana después de haberlas consumido porque tengo hambre, mucha hambre y me despierto tan temprano y eso quiere decir que quiero vivir, mi libro favorito dice entonces "es preciso haber querido morir para saber cuán buena es la vida". Lo leí hace diez años y hace un mes, lloré en los dos momentos, sin duda en aquellas dos épocas yo solo quería desaparecer, pero tampoco tenía el valor de hacerlo. 


El caos me recuerda que estoy haciendo algo que me apasiona: investigar. Con sus respectivos cuidados que estoy dispuesta a tomar, esa ansiedad de atascarme mientras escribo me da señales de algo que hace menos de un año pensé que no volvería a hacer, vale la pena retenerlo.


Hay un corrido que traigo ahorita en la cabeza de Junior H que dice


"Claro que se amerita

en mi rostro una sonrisa

la mala racha ya pasó".


Y no puedo estar más de acuerdo con él y con Dumas: sí quise morirme, pero ahora sé que la vida puede ser buena. 


Diría una tal Daniela Rodríguez "la vida es bella, pero no perfecta". 

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