Toc, toc, mis botas hacen un
ruido muy acogedor en medio de todo este clima medio nublado, lo que parece
divertido es que a ninguna persona le parece agradable tener trapos más trapos
sobre de ellos, su naturaleza es estar desnudos sin que ellos se percaten de
eso. ¿Qué más da? “Si tienes ropa para cada temporada del año, úsala hija”,
dice mi mamá cada que la gente nos ve raro por traer ropa según el tiempo. He
comenzado a creerle.
Tanto así que ahora que
chispea o cae el conocido “moja pendejos” yo salgo a la calle por un libro,
¿qué más da si tengo puestas unas botas de hule, impermeable transparente y un
paraguas que cabe en mi bolso? Sonrío en el camión pensando en todo eso, en lo
ridícula que quizá la gente amargada crea que soy y quizá, fuera mi
subjetivismo ególatra lo soy, pero es algo que mi mente nunca va a aceptar
abiertamente.
Muevo mis pies un poco desde
el fondo del autobús, aparte de mí sólo lo abordaron un niño regordete con unos
cachetes que piden que uno los pellizque y su abuelo, que conforme avanzan le
explica lo que hay en la calle… así, pues siguió todo, quizá hasta me gané un
admirador (sí, el niño que no dejaba de voltear como si fuera una modelo
hermosa –o quizá un extraterrestre feo, no sé-), recordé el día siguiente.
Era ya casi noche y yo
lavaba trastes, con agua caliente, de pronto sonó el teléfono y por pura casualidad
de la vida se me ocurrió contestar:
-¿Bueno?-dije aparentando
mucha valentía.
-Sí, buenas tardes, ¿se
encuentra Daniela?
-Con ella habla-el terror
comenzó a invadirme el cuerpo, ¿una extorsión quizá?
-Sí, mira, hablo de
librerías “Pi-pi-pi”-dijo la muchacha; mi cuerpo se relajó y abrí mis ojos como
platos, esperando que dijera lo que ya por adelantado sabía que diría- para
avisarte que nos acaba de llegar tu pedido y queríamos saber si todavía te
interesa para apartártelo.
Di vueltitas sobre mi propio
eje y salté muchas veces.
-Eh… sí, mañana mismo voy
por él-contesté-, muchas gracias.
De nuevo, regreso a la
escena del camión donde el cachetón ha vuelto a mirarme por sobre el asiento,
quizá es por el labial que decidí ponerme hoy a pesar de la lluvia, le sonrío…
qué arriesgada soy; su abuelo sin darse cuenta sigue señalando objetos en la
calle y se nos ha aunado un muchacho abrigado de pies a cabeza, entre más nos
acercamos al centro de esta, ahora ya, gran ciudad, la precipitación aumenta y
eso puede ser exasperante para muchos. No para mí.
Así toca el momento de que me
baje y abro el paraguas que me protege bien y casi como impulso, no de
protegerme del agua sino de comprar ese libro ya, camino ávidamente por la acera
resbalosa, no me caigo y por fin llego a la librería que una de las dos más
bonitas que he visto hasta ahorita. Compro lo debido y en menos de 15 minutos,
voy de nuevo a mi casa.
