Días de lluvia y la plenitud de estar sola

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 Escribo esto mientras pienso en cómo comenzar a escribir para una publicación que decidí hacer con un colega geógrafo, tengo en pausa la película de "Anaconda 2: en busca de la orquídea sangrienta" [que con mucha alegría recuerdo que mi mamá me llevó a ver al cine porque yo fui muy fan de la primera] y pienso si prepararme unos platanitos machos con mantequilla y chocolate. Es raro cómo cosas tan cotidianas nos pueden traer alegría, la investigación, la comida y el cine de poca calidad artística. 


Mi fin de semana fue bastante tranquilo porque decidí que así fuera. Las últimas dos semanas había estado muy angustiada por lo que veo que me depara el futuro reflejado en pequeños rasguitos de los que ahora soy consciente, ¿cuánto duele la soledad cuando una decide estar en ella y disfrutarla? Bastante. Y es muy paradójico que duela si es una decisión propia, pero cada cosa tiene sus claroscuros y si me duele es por las representaciones que me rodean, pues me restriegan que estar acompañada es la norma y que si no lo estoy es porque algo está mal en mí pero, ¿será todo esto verdad?


Comencé un viernes de trabajo, lecturas y unos cantaritos y unos taquitos de carnaza que planee días antes con una amiga. Yo preparé los cantaritos, el taquero los taquitos y mi amiga las risas que intentamos encubrir en mi casa [por eso del peso y molestia que genera el placer de sentir en los demás, ya saben]. Como comencé con un curso de meditación para el insomnio que amenaza con hacerse crónico, sólo me puse alegre para después dormir. He aprendido que las compañías se eligen cuando éstas te dan la alegría del gusto y no del compromiso, esas que no te presionan, que no se dan desde el egoísmo de sentirse acurrucados por ti sin darte nada a cambio. Y eso también me ha enseñado que muchas personas se van a alejar.


Después el sábado no fue otra cosa diferente, fui al mercado a comprar mi despensa de dos semanas, rogándole a la vida que nada se echara a perder en el camino de mi yo desidioso que por flojera, generalmente cocina algo básico para comer entre semana, algo para mi supervivencia alimenticia, pero no para mi placer. Después me preparé hot cakes [o como la gente decente les llama, panqueques], dormí hora y media y me desperté para ir al cine, después de más de un año de no pisar una sala por el tema del covis y todo lo que ha traído con él, compré mi chatarra favorita y me aventuré a la hermosa delicia que prometía ser "Rápidos y furiosos 9" [¡¿OTRA MÁS?! ¿Daniela, cómo ves eso? Eso no es cine de calidad] que sorprendentemente cumple con su objetivo: me entretuvo, la disfruté, me reí, lloré y seguí con mi vida una vez que se terminó, porque es de las pocas cosas que disfruto con plena sinceridad, eso e ir sola al cine, porque desde la primera vez que lo intenté más que un pasatiempo, se volvió un vicio y algo que en realidad no me gustaría compartir con alguien. Imagínate lo suertudx que debes ser para que quiera que vayas conmigo. Y es que volvemos a lo mismo: las compañías se eligen, la soledad también, no decidas tener a alguien por el mero hecho de llenar el "vacío" que representa la soledad, qué error tan funesto.


Uno de mis más queridos amigos llegó a la pequeña ciudad en donde habito, me dijo "chelas o qué" y yo dije "jalo". Estuvimos unas horas platicando de la vida, pero sobre todo de nuestro futuro, nos reímos mucho por su complicidad con las secretarias del lugar donde labora y también de los consejos que me da. Me dijo que voy tan bien que me sale natural y él no lo sabe, pero ayudó un poco a mi ego académico, pagó la cuenta -porque ahora le tocó pagar a él la cuenta- y nos fuimos cada quien para su casa. Elegir una vez más la compañía.


Mis planes del sábado terminaron exfoliándome la piel, leyendo artículos sobre una investigación que estoy a punto de comenzar -complicada, peligrosa, con poca información, así como me gustan- y asando platanitos para cenar. Sólo recuerdo terminar con un ejercicio de meditación que me hizo dormirme enseguida entre mi cobija de dinosaurios y el pequeño frío que trajo el huracán "Enrique" en su categoría uno.


Mi domingo empezó muy, MUY temprano con la llamada de una persona. Apenas comenzaba la lluvia que nos inundaría todo el día de hoy, yo desperté porque algo me molestaba: la vibración de mi celular. Por un momento pensé que era mi alarma "momento", dije yo "pero si es domingo"; abrí mis ojos y vi su nombre en la pantalla. Ya no recuerdo qué dije, pero fue el preludio para otra compañía. De nuevo, elegir nuestras compañías porque las disfrutamos y no porque tenemos el compromiso de tenerlas. Y esta es una compañía que disfruto mucho en lo particular, en lo privado y en los pequeños momentos que cada autonomía se conjunta.


Después dormí de nuevo, desperté, me ejercité, puse una lavadora y preparé de comer las míticas albóndigas de mi abue. El hecho de que me sepan a lo que sabían las que ella preparaba me hace pensar en la escena de Ratatouille en donde Anton Ego prueba por primera vez este platillo y regresa a su infancia. Así yo, un destello de melancolía y felicidad por traer a mi presente un pasado feliz. Y ahora estoy aquí, fusionando esta entrada con mi documento en word en donde quiero definir qué es lugar. 


¿La soledad duele cuando la elegimos? Muchísimo, porque vas desencajando de los sitios comunes. Pero aprender y disfrutar estar solas nos ayudará a saber sacrificar nuestra soledad en aquellas personas que nos regresen lo que damos a cambio. 



La depresión de agosto

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 Quizá puedo afirmar que el último mes ha sido muy extraño, extraño no en un sentido necesariamente malo, al contrario, sucedieron muchas cosas que me dan para estar, sino feliz, sí contenta. Pero he tenido que enfrentarme con un torbellino de emociones que, entre que no logro identificar o no me gusta reconocer, me hacen un poco pesada la existencia. 


Tomar decisiones es lo que más me hace eco en la cabeza y aunque sé que lo he hecho toda la vida mis recuerdos de esta época se construyen en torno a esta actividad. Cuando en el futuro la melancolía me agobie pensando en el hoy, recordaré las decisiones que me planto a tomar ahora:


Decido a dónde me voy.


Decido qué tengo que hacer.


Decido cómo comenzar a moverme.


Decido si querer a alguien o no a pesar de lo que sé que va a implicar.


Me encantaría verme a mí misma tomando esas decisiones justo como en una de las películas de la Saga Crepúsculo -pésima referencia- en donde Jane Volturi (interpretada por Dakota Fanning) está pensando qué hacer con los neófitos que invaden Seattle: si dejarlos vivos o terminar con ellos. Al final suspira, inclina su cabeza y repite para sí "decisions, decisions".


Pero no...


Tomo decisiones mientras duermo -porque no puedo dormir-, mientras me baño, mientras me ejercito, durante mis caminatas al trabajo o mis lecturas para los proyectos. Muevo los dedos de mis manos constantemente, golpeo el piso con el pie para que eso acelere el tiempo. Y las decisiones me toman, yo no las tomo a ellas.


Todos estos sentimientos se mezclan con los que el tiempo ya ha acumulado en mi vida. Y es que sé que es la época y el pasado, además del presente y mi constante presencia en el futuro.


La época de los meses de junio, julio y agosto se ha vuelto tortuosa porque alguna parte de mi cerebro la relaciona constantemente con cosas que me pesan. Sobre todo agosto. Agosto es para mí un mes que significa mi tristeza entera. 


Tengo muy presente el año en que comencé a odiar los agostos: 2011. Durante ese año tuve la extracción de uno de los lunares que más creía que definía mi identidad, se encontraba entre mis ojos, justo arriba de la nariz; eso me hizo llevarle el apodo de "La Tigresa" mucho tiempo, además de eso, en ese mes, en ese año viví el que por fortuna ha sido mi único asalto. La percepción del espacio y seguridad se me desmoronaron en segundos y mentiría si digo que las he recuperado por completo.


Como la persona estructurada, concreta y decidida que soy, establecí que por esos eventos ordinarios odiaría para siempre los agostos. Pero la vida, mágica, trágica e inesperada me tenía la peor de las sorpresas un año después. 


Porque Berta murió un 11 de agosto de 2012.


Fue un día lluvioso, la vi viva minutos antes de que dijera adiós con sus ojos llenos de desesperación.


Agosto entonces se convirtió en la marca de la tristeza. Y aunque sé que muchas veces necesitamos revertir las emociones o representaciones de determinados sucesos, fechas o imágenes, por decisión propia continúo manteniéndolo como un tiempo de catarsis en el que dejo que ausencias como las de mi abuela me inunden. Porque no es sólo recordar el día en que falleció, sino todo el proceso en el que estuvimos inmersas, un procesos que arrasó con junio y julio y que ahora me mantienen en el hilo de la melancolía y las constantes crisis de depresión. 


Hoy, lunes 21 de junio de 2021 me he mantenido pensando mucho en esto. En estos nuevos recuerdos que cargarán en demasía los meses futuros de esta época y los recuerdos que ya se restriegan en los presentes como una marca de que estoy viva, de que siento mucho y de que, de alguna manera, esta es una forma de decirme a mí misma que está bien. Que el dolor es una forma de recordarme que vivo y vivo de manera intensa. 

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