Cartas a mi abue XVIII

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“Y me quedé ahí sentada, sin decir nada, sintiéndolo todo”.

Abue:
La vida es un oxímoron, una escala de grises que rara vez concreta su color, y cuando creemos que lo hace, el tiempo es tan efímero que no nos damos cuenta que ha pasado; me siento como ello, una persona después de la definición de un color que al parecer fue nimio y quizá me equivoco de palabra, pero me gusta usarla.

Quiero generar una vida –de conocimientos y sentimientos, aunque como dice la canción “y el dolor también es parte de sentir”- de filtros de atardeceres y amaneceres, en donde una capa realmente pequeña cubre la luz del día y hace todo más detallado, más profundo, más admirable. Lo dice una persona que está escribiendo en la barra de la cocina con todas las luces apagadas y todas las puertas y ventanas cerradas, que no soporta el ruido de los niños jugando.

Digo ello porque al navegar por Tumblr me encontré con varias fotografías con dichos filtros y quien sea ajeno a ello, no, filtros no son sólo los que se encuentran en sus editores de imágenes, sino aquellos que se generan a través de la luz del día; bueno, las vi y me generaron esa melancolía de lo incierto. De esa incertidumbre que a mí me mata cotidianamente. “Aceptar la incertidumbre” dice un artículo que me enviaron hace rato sobre cómo superar la decepción, qué difícil.

Tengo una planta que se llama María Antonieta, a todos les sobresaltó el nombre, ¿por qué? Otro de mis sueños es ser lo suficientemente predecible para la gente, pues así sabrán sobremanera lo que me gusta y me molesta. Hago mención de ello porque no esperaban que le pusiera a mi planta así, ¿qué tiene de raro que una fan de Alejandro Dumas le ponga a su nueva amiga como la Reina madre de Luis XIII? Tiene todo de raro, porque nos gusta conocer a la gente por fuera, para evitar problemas, para salir heridos, para no sentir más allá de lo que se debe sentir.

Cumplí veintiún años y bien cumplidos, feliz, completa, plena a pesar de mi edad y afortunada, por muchas cosas, resulta que hay gente que me aprecia, otra que me detesta y otra que simplemente no está, como tú. ¿Qué sería de mí si tú estuvieras aquí? Seguiría siendo la niña mimada que no sabía caminar sola, tu niña, la niña de Berta –estoy sonriendo al escribirlo, porque sabes que no me importa un carajo que me digan mimada-, lo que no saben es que lo sigo siendo y ese apellido me pertenecerá hasta que deje de existir, ¿lo haré? Exististe porque te recuerdo y eso es imborrable.


Voy a la FIL y me voy a acordar de aquella vez que a pesar de ya haber salido hiciste –sí tú- que nos dejaran entrar sin pagar ni un centavo porque esa niña, la tuya, quería irremediablemente el libro de Drácula con el cual salió tan feliz que al recordarlo sigue sonriendo. No basta repetirte que te extraño y que te amo.

Cartas a mi abue XVII

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-Deberías cortarte esas greñas que traes-me dices mientras me quitas un mechón de cabello de la frete para poder comer sopa de fideo con caldo de pollo.

-¿Más?-abro mis ojos como platos al no entender tu definición de pelo corto.

-Sólo bromeo.

Abue, sé que la mayoría de las veces te escribo para decirte que han pasado cosas asombrosas y que estoy muy feliz, pero no es mi culpa que cada que pasa el tiempo conozca a más gente maravillosa que me viene a alegrar la vida. A veces creo, muy dentro de mí, que sólo son señales que mandas desde donde quiera que estés para demostrarme que merece la pena la vida, aunque a veces ésta sea una maldita.

Hace unos días, mientras mi mamá husmeaba una caja de cartón que uno de mis tíos metió al cuartito hace algunos años, encontré una serie de tesoros que ahora porto conmigo; “¿cuáles?” me preguntas con el tono de voz que se escucha en la lejanía, y no dudo en responderte: ¿recuerdas que hace mucho tiempo mientras veíamos televisión y yo te contaba sobre “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë volteé a mirarte y te pregunté cuál era tu libro favorito?

-¡Ufffff!-suspiraste, mientras veías al vacío-. Me gusta mucho “Lo que el viento se llevó”, ¡ay, hija! Es una historia tan completa… que la recuerdo y siento cómo todo se mueve. Cuando lo leí, recuerdo muy bien que en las noches metía una vela al baño y lo leía dentro hasta altas, muy altas horas.
Pues a propósito, mi mamá ese día salió de mi cuarto con un libro de gran contenido (o al menos eso parecía por el grosor) y lo soltó en mis piernas. Yo me quedé un minuto observándola intentando entender su agresión hasta que entendí que estaba buscando la respuesta en el lugar incorrecto, así que tomé el libro y lo vi: “Lo que el viento se llevó”. Di un grito y me puse de pie a dar vueltas como loca, miré el texto tantas veces para asegurarme de que de verdad lo tenía en mis manos; era el mejor descubrimiento que habían hecho por mí desde hace mucho.

Aún no lo leo… ni sé cuándo lo empezaré, pero es uno de los tantos recuerdos que me ayudan a saber que exististe y que te conocí. Dentro de los mismos (que mucha gente podría llamar cachivaches) objetos había dos pulseras, las cuales ahorita cargan mis muñecas como señal de emoción. Quién diría que las cosas pequeñas crean significados tan grandes, ¿eh?


Tenía mucho sin escribir y probablemente me tardaré en escribir mucho más, pero quería decir esto porque es emocionante, porque es representativo y porque es parte de mi vida historicista. Ya veo los vientos de otoño, ya siento el ambiente de los bonitos meses de octubre, noviembre y diciembre; todo va bien, con sus altas y bajas, pero definitivamente bien. 

Cartas a mi abue XVI

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Abue:

Quisiera desarrollar la escena en donde Wall-E sabe que está enamorado, me siento él mientras escucho algo armonioso. Cuesta mucho creerle a la gente cuando te dicen que lo bonito está en las pequeñas cosas mientras tú mismo no lo has vivido. Siento mis ojos hinchados mientras te escribo sin ninguna razón aparente, sólo que me siento feliz de haber acabado mis quehaceres tan temprano hoy.

Faltan menos de dos semanas para entrar de nuevo a la escuela y no siento emoción alguna, creo que después de mucho éstas fueron unas buenas vacaciones como para arruinarlas con clases, sin embargo, existe una parte de mí que está muy entusiasmada con ir y leer y aprender (se lee menos ñoño de lo que realmente es) así que como en todo, tengo un conflicto interno muy agudo y no es precisamente gastritis.

Cosas buenas están pasando y ya es demasiado presuntuoso ponerlo de esa manera, pero por fin después de mucho, DE VERDAD, COSAS BUENAS ESTÁN PASANDO y espero ese sólo sea el inicio de infinidad de más cosas buenas que me pasen, es como cuando eres bebé y comienzas a descubrir las cosas nimias como la luna, el viento, las hojas de los árboles, los pájaros, etc.

Por cierto, he leído mucho de nuestro objetivo de estudio como geógrafos, ¿quién diría que después de casi cuatro años apenas estoy comenzando a entender cómo funciona la ciencia –me niego a decirle disciplina-.


No tengo muchas cosas qué decir, es como si todo lo bueno lo quisiera demostrar y no escribirlo, estoy de nuevo en un conflicto interno sobre hacer un artículo de opinión, pero luego veré, por algo tengo este blog. Te extraño y te quiero.

Cartas a mi abue XV

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Abue:

Descubrí algunas cosas de las cuales no tenía idea en el pasado, la primera es una palabra, maravillosa si me lo preguntas, que me acaba de enseñar un amigo apenas la madrugada del día de ayer, ésta es la siguiente: cerúleo, un tipo de azul existente que te recuerda al cielo despejado o la profundidad del mar en la lejanía. ¿Hermosa, no? Yo también lo pensé cuando busqué su significado, dio justo en el clavo.

Otra cosa es que descubrí que después de todo el té de manzanilla sí me gusta y ahora lo tomo sin azúcar; qué sencilla es la vida cuando sabes aprender a admitir las cosas, así como que el de limón nunca me va a gustar a menos que esté embarazada (estoy segura que el té de limón será de los principales antojos que tenga cuando esté en cinta, lo presiento); y también es bonito admitir que Tom Hanks era divino de joven y que Marlon Brando es la criatura más bella que mis ojos puedan ver, lo cual me hace sentir orgullosa pues según mi mamá, el señor también te gustaba y ¡por Dios! Ahora te entiendo abue.

El día de hoy estaba temprano sentada en una banquita de San Pedro, con un licuado de fresa (y la desmesurada cantidad de azúcar que le ponen, que pues me gusta, pero sigue siendo exagerada) y un libro al cual no hace mucho le quité la envoltura, con la noticia de que las ochenta y un páginas que llevo han resultado bastante interesantes para que yo lo leyera a las nueve de la mañana en un jardín.

Haciendo lo anterior, me puse a pensar que me encantan los lugares a temprana hora… si llegaste a observar un día, todos los lugares se preparan para las aglomeraciones de gente que salen expulsadas a partir, me atrevo a decir –si no es día de la madre, padre, etc.-, de las doce del día. ¿Qué patrón siguen las personas al no querer madrugar? Todo temprano está tan vacio y tranquilo, los bancos, las escuelas, los jardines, los restaurantes, la nevería, donde se paga la luz, las dulcerías y, por supuesto, el mercado.

Aglomerados poblacionales, estoy consciente de que cada vez somos más, pero existen esos aglomerados en lugares específicos que apantallan a los demás lugares, los cuales simplemente se quedan vacios, lo que más me preocupa es que esos lugares generan esa atracción por un fin meramente económico, ¡qué raro! ¿El mundo moviéndose por la economía? ¡Claro que no!

En fin, sólo quería platicarte estas nimiedades, y debo seguir leyendo, de verdad está muy interesante, Berta. 

Anexo una imagen del exquisito de Marlon Brando aquí para poder deleitarnos con él, no lo agradezcas, para eso estamos las nietas.

Lluvia

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Cuando el temporal de aguas se acercaba, tenía diferentes cosas en mente, como si viviera una vida por año, un amor por mes… sentía el viento, olía la tierra y dejaba poco a poco que la lluvia la cubriera con su manto, frío y quizá áspero. Para ella ésta era ambigua: tenía tintes de felicidad pero enseguida podían recorrer todo el tramo hasta el polo opuesto y ponerla muy triste, hacerla recordar y desear con melancolía el pasado, como a todos ha sucedido… se pierden de vivir el hoy por vivir el ayer, que ya no tiene arreglo.


Pero así le gusta la vida… que no sea polar, que los sucesos no se vivan de un solo modo… le gusta la vida así como la lluvia: ambigua.
***
  • Si me leen desde 2011 notarán que se me suele dar eso de escribir -lo que sea- cada que es tiempos de lluvia. 
  • Estoy escuchando la canción por la cual este blog lleva el link que lleva y me siento muy en el pasado... tanto que cala. 
  • No sé si ya hice una entrada con este título pero no me importa.

Cartas a mi abue XIV; algo bien

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Abue:
Hoy vengo un tanto inquieta por el ruido que hace la lluvia a fuera, y traigo algunos pensamientos que no dejan de rodearme desde hace meses. ¿De cuántas formas puedes ser feliz? ¿Subiendo una peña sin morir? ¿Sacando calificaciones casi perfectas? ¿Yendo a un panteón y enseguida a un hospital benemérito para tomar fotografías? ¿Convivir con un señor y su hermano que son hombres de antaño realmente hermosos? ¿Ver e incluso poder tocar –esto suena super puberto pero no sé cómo describirlo- al chico que te gusta? ¿Mojarte bajo la lluvia con tu mamá? ¿Ver a tus mejores amigas y reír mucho? O, ¿estar dentro de un torrencial y sentirte bien a pesar de que se te transparenta la blusa y te duele la garganta?

Te pregunto a ti porque no se me ocurriría pensar que alguien más creyera que esas cosas son geniales, porque ¿sabes? Las he vivido todas y cada una de ellas me deja con un sentimiento de satisfacción que no comprendería la gente, estoy feliz por lo que tengo y por quienes me rodean, porque todos son personas fabulosas y de todos aprendo algo, a veces comprendo y a veces no.

Cada día va mejor, abue, cada día le encuentro más sentido a lo que hago, a lo que quiero… puede haber días, temporadas incluso, muy malas, pero todo ello pasa, como una lluvia que te libra de cualquier pensamiento turbio o cualquier incertidumbre infeliz.

Te escribo todo esto porque hoy fui al templo a visitarte, a visitarlos, claro. Y en vez de llorar como siempre que voy sola, sonreí… aún es muy difícil pensar que no estás, pensar que llego a casa y todo está vacío, que ya no hay libros de sopas de letras, ni olor a crema de viejita –pendeja, me dices tú-, pero cuando todo está tan bien como hoy, justo hoy, me acuerdo de todo lo que me has dejado para yo poder estar aquí sola, digo, me dejaste una mamá loca y hasta dos primitos que me hacen muy bonita esta vida…y cuando te vuelva a encontrar, sólo quiero decirte muy despacito que lo logré y después abrazarte siempre.


Te extraño Berta.
PD: estoy escuchando "We'll be a dream" y me acuerdo mucho de mis tiempos de prepa. 

El Defecto

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El sábado fui a una puesta en escena de uno de mis cuentos y princesas favoritas: la Bella Durmiente (sí, he leído todas las versiones y sí, también he visto todas las adaptaciones en pantalla y, por último, sí, me han gustado todas), el punto es que, mientras corría toda la obra, para mi desgracia tenía atrás a una familia “típica” en esta sociedad tapatía, mujer, hombre y dos –mal nacidos- niños que no hicieron otra cosa más que decir que qué aburrido estaba todo el show. Bueno, suponiendo que los llevan a la fuerza pues sí, pero el punto es que yo me molesté y es de lo que vengo a platicar el día de hoy.

Durante toda mi vida he tenido que lidiar con un hermoso defecto que tengo: ser muy sensible al cambio de humor y específicamente al enojo. Y no, no quiero sonar como muchacha puberta que cree que padece de bipolaridad, porque afortunadamente no es mi caso, pero como lo describo en mi cuenta de tuíter:

“Vivo en un estado constante de mal humor”.

Porque no necesitan romperse la cabeza para hacerme enojar, con cualquier cosa, movimiento, comentario o señal instantáneamente estarán viendo mi cara de irritabilidad o en el mejor de los casos van a ser lo suficientemente valientes como para preguntarme “¿qué tienes?” (pregunta que me rodea diariamente). NADA, NO TENGO NADA, SÓLO ESTOY ENOJADA, PERO ESO ES NORMAL.

Ahora, antes no lo aceptaba tan abiertamente, ¿quién va a aceptar sus defectos? Es muy difícil que la gente lo haga, pero todo esto cambió un día que acompañé a una de mis amigas a la presentación de una revista literaria en donde al comprar un ejemplar y leer uno de los poemas venía la descripción de una mujer con la cual yo me identifiqué. Pongo aquí lo leído:
"Cecilia era una mujer irascible.
En cambio yo permanecía impávido, con un sello entre los labios.
Ella corría en llamas a tomar sus clases.
Me llamaba para increpármelo todo, y yo asentía, y le decía que estaba bien".
Cecilia
Román Villalobos.

Mi vida después de ello fue más sencilla, ya que esa palabra ha venido a esclarecer todo lo que yo no entendía. Si se están preguntando qué es lo que quiere decir “irascible” les pongo aquí lo que la hermosa RAE nos señala: propenso a irritarse. CABUM.

Así que ahora que entendemos que Dani es una persona irascible, les dejo aquí unas cuantas de las cosas que me molestan mientras estoy viviendo:

·         El sarcasmo porque no lo entiendo.
·         Las bromas porque tampoco las entiendo.
·         Que mis paletas favoritas hayan sacado más sabores, porque los odio.
·         Hacer fila.
·         Hacer esperar a la gente.
·         La impuntualidad.
·         La insistencia.
·         Los niños.
·         Los perros.
·         Los gatos.
·         Los lugares con música alta. Si se preguntan entonces si me gustan los conciertos, la respuesta es no, ellos también me ponen de malas.
·         Como a muchos, que me interrumpan cuando estoy leyendo.
·         Que me hablen o que hablen en clase.
·         Los que se salen del maldito tema de la clase (SÉ QUE MUCHOS SE SIENTEN IDENTIFICADOS, PARA USTEDES VA LA PIEDRA).
·         El claxon de los autos.
·         Que me quieran poner celosa (o sea NO).
·         Que me pidan que les recomiende un libro.
·         Sacudir.
·         Las aglomeraciones.
·         Que un escritor se muera y publiquen sus frases (lo digo por Eduardo Galeano y anteriormente Gabriel García Márquez).
·         El color naranja.
·         Etc… (lista que nunca acaba).

Y bueno, a nadie le interesa si esto es verdad o no, pero el día de ayer uno de mis amigos me pidió una lista como ésta.

PD: si no me creen podrían preguntarle a cualquier persona que ha convivido más de un año conmigo, ellos podrán confirmarlo.


Adiós.

Cartas a mi abue XIII; el retiro y no refugio

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Abue:

Escribo desde mi cama, una cueva en donde no entra la luz, ni del día, ni la artificial que emana del foco. No es el lugar ni, de hecho, la hora para hacerlo, porque a pesar de estar de vacaciones yo ya tengo los párpados cerrados a las nueve, pero me han pasado dos cosas muy importantes que creo mereces la pena saberlo, aunque si seguimos los paradigmas de la religión en la cual nos tocó nacer, quizá ya lo sepas.

El lunes fui a realizar unas entrevistas junto con unos amigos al no tan pequeño (y lo avalo porque digitalicé toda la zona) barrio de El Retiro (lo escribí sin equivocarme, por si estás leyendo esto, Braulio), lo cual me dejó un gran aprendizaje porque en primer lugar, perdí el miedo a llegar con la gente que no conozco y así mismo entender que no todos son unos hijos de puta sin corazón y en segundo debido a que el lugar es un vestigio, un vestigio que te hace sentir cómo era la Guadalajara de antes, esa en la que quizá tú convergías de pequeña y no sabes cuánta felicidad me dio sentirme así, tan feliz.

Y no sólo por sentirme en un lugar “de antes”, también tuve la fortuna de conocer a una familia, a una familia como lo diría mi amigo: conservadora. Con una casa con el patio en medio, muy fresca, con un aroma hogareño, cuartos dispersos alrededor del patio en donde para ir al baño, irremediablemente tienes que cruzarlo, con una cocida con muchas cosas: pasta, nueces, cereales, fruta, etc., siendo ellos muy buenos anfitriones porque, ojo: no nos conocían, y por último lo que más me asombró y me pareció alucinante (de una manera hermosísimamente positiva): una familia que le agradece a Dios por la comida en la mesa. No es que yo sea religiosa y lo sabes, pero jamás había estado presente en aquello y me pareció, con absoluta franqueza, lo más genial del mundo.

Así mismo, algo que me sorprendió aún más es que uno de los entrevistados (el señor de la casa) se presentó con nosotros diciendo que era geógrafo, que conocía a nuestros maestros y, ¡AÚN MEJOR! ¡¡¡¡CONOCE DE GEOGRAFÍA!!!! Sobra decir que yo, de verdad, en esa casa estuve encantada, porque no sólo nos dio (o me dio) muchos “tips”, sino que también nos maravilló con una perfecta entrevista –aquí es donde me dirán que tengo un criterio subjetivo, pero ocai-.

Por último, para poder pasar al segundo tema, tengo algunos cuestionamientos que se irán sin recibir respuesta: ¿en qué momento el espacio disminuye?, ¿cómo es que las distancias se acortan?, ¿por qué lo que ahora se nos hace relativamente corto antes era –extremadamente- largo? Tengo una respuesta objetiva: globalización. Y aunque lo entiendo, no es la respuesta que busco. Cuando uno crece sus horizontes se extienden, puedes abarcar tantos lugares como quieras y lo mejor es que, puedes hacerlo sin la mano de tu mamá. Ese día, viendo una de las garitas de Guadalajara y así mismo, observando el Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS) desde el monumento a la madre, me di cuenta.

Esa fue una de las maravillas que me pasaron, paso a la segunda:

Hoy estuve todo el día en casa de la Jaque, con mis dos primitos bebés a los que adoro con todo mi corazón (y de verdad no exagero, porque siento que se me va el alma en darles todo el amor que conservo). Hablando de las nimiedades de siempre, le conté algunas cosas que albergan en mi cabeza desde hace un par de meses (ignorando la escuela, por supuesto), mi tía me hizo abrir un poco los ojos hablándome con toda franqueza y aunque te dije que fue una maravilla en su momento me sentí muy mal.

Ella desea, a grandes rasgos, que no siga el patrón que predomina en esta familia con TODOS, me quiere ver hacer las cosas diferente, ella cree que puedo. Abue, estoy dispuesta a hacerlo. Te daría el discurso completo, pero sería descubrir a varias personas y pues QUÉ OSO.

Ah, otra cosita que se me pasaba y creo muy importante decirte, el viernes, yendo por federalismo pasé por el dermatológico y no pude evitar ver el lugar en donde estábamos aquella vez desayunando. Yo estaba llorando porque me iban a poner las puntadas de en medio de mis dos ojos OTRA VEZ y creía que no era justo, yo no quería llevar puntadas a la prepa, tú, tan tranquila y tan experta ya en la vida, me compraste un sándwich y un licuado de fresa –que sabías era mi favorito- y me dijiste, recta, como siempre:

-La vida es injusta para todos, no eres la única, no te sientas especial.

-Pero me va a doler la anestesia-repliqué.

-Pero será un dolorcito, después te verás tan bonita como siempre.

Obviamente mentías, porque al salir tenía un parche horrible, pero tú lo recompensaste con una sonrisa y no satisfecha me compraste unas botas para la lluvia que yo tenía pidiendo desde hacía tiempo.

Por supuesto que al recordarlo quise llorar, pero me contuve, porque iba con un niño y otra vez: QUÉ OSO que me vean llorar.

Es todo, Berta, ya es abril y faltan 21 días para tu natalicio, te extraño, te extraño mucho y quisiera abrazarte porque me haces mucha falta, pero todavía falta para ello, mientras tanto te quiero decir que te amo.

"El Naranjo" de Carlos Fuentes (no es crítica)

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Después de un tiempo desaparecida, les vengo con algo asombroso que me pasó el día de ayer: por fin terminé un libro que no había podido terminar desde hace más de dos años. Y dirán, “¿cómo carajo se pudo tardar esta loca dos años en un –si ven la foto con atención- libro tan delgado?".

Pues estoy aquí para contarles a detalle cómo ocurrió; es importante que de verdad sepan que esto no es una crítica, pues no me gusta hacerlas porque como siempre pienso, la subjetividad rebaza a la objetividad en este tipo de cosas.

Verán, hace dos años, cuando cumplí exactamente mis dieciocho primaveras, una de mis amigas de la universidad me llevó un sublime regalo: un libro. Al verlo me llamó mucho (y de igual manera me gustó) su portada, algo simple color verde con letras resaltadas en una tonalidad más oscura, en ese entonces yo cursaba primer semestre y como toda una estupidita de esa edad creía que podía, tan fácilmente, leer mientras estudiaba. Así que pasó lo que no quería que pasara.

En diciembre, mientras estábamos de vacaciones comencé a leerlo, llegué sólo a la mitad y lo cambié por otro; a pesar de hacerlo, sabía exactamente que no estaba poniendo atención, no entendía qué carajos me quería decir el libro y ni siquiera sentía algo al leerlo, eso aparte de exasperarme me hizo desistir radicalmente… Para la otra, será, pensé.

Sí hubo otra, en agosto de 2013, volví, decidida, a leerlo completamente y como la primera vez, desistí a la mitad. No por las mismas razones, esta vez por el hecho de que me enojé con los hechos históricos de la conquista y eso a mí me causó temor, ¿por qué? Porque me hace entrar en un Nacionalismo que no quiero reflejar, –me pueden escupir-, no puedo estar en contra o a favor de los españoles o los “nativos mexicanos”. Así que antes de que el sentimiento de coraje por la “violencia” que incitaron los “malos” me cegara, dejé de leerlo, porque claramente no podía entender lo que me quería decir este libro.

Dejé que el tiempo pasara, quizá porque desde siempre entendí que me hacía falta poquita más madurez para hallarle algún sentido al texto, así que, hace unas semanas cuando comencé a leerlo, -decidida por segunda vez a terminarlo- fue como si todo por fin se acomodara. Entendí el libro, supe lo que me quiso decir, y sentí lo que transmitía, esta vez no me puse de lado de nadie.

Es un libro que habla de la visión del mundo desde las personas que se encuentran dentro del territorio mexicano, nuevo español o azteca (según su época) y digo visión del mundo porque a pesar de todos los elementos que demuestra el escritor de que no se habla más que de dicho lugar, se proyecta a su vez a lo global. Y por si fuera poco, lo que más me gustó fue que al final, al final, manda al carajo el aspecto temporal y nos pone a un Colón que vivió quinientos años en México, y así mismo invoca a la globalización ya establecida en el siglo XXI.


No me queda más que decir que me gustó y que creo que era el momento adecuado para leerlo. Sin más, me voy, sólo quería contarles esta experiencia.

“Caen los mismísimos dioses. Y con sus restos humeantes se reinventa el orden mientras las semillas de un árbol emblemático vuelven a cruzar el mar”.
Carlos Fuentes.

2. Bosque

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-¿Por qué las palmeras no son árboles?-preguntó Carmen a su abuela mientras veía cómo llovía afuera.

-Por el sentido botánico que tiene-contestó la anciana sin dejar de mirar lo que estaba escribiendo.

-Pero, los hombres las “talan” como a los árboles-siguió discutiendo la muchacha mientras sentía un escalofrío por el sinfín de palmeras que la rodeaban.

-Pero es una hierba, según muchos libros-contestó de nuevo Doña Antolina.

-Deberían de entrar en alguna discusión en donde no permitan poner de manera objetiva que la palmera no es un árbol, abuela, a mí me parece que estamos dentro de un bosque… tropical.

Doña Antolina comenzó a reírse ante el enojo instantáneo de su nieta, era agradable pasar la vida o, los últimos años, como ella misma decía, con una joven cincuenta y cinco años menor, que pensaba ya como alguien maduro.

-Te apoyo… y te apoyaré más si termino esta carta.

Carmen asintió guardando silencio, a pesar de ser una forma de comunicación ya obsoleta, sabía que a su abuela le agradaba seguir enviando cartas, lo que aparte de aprobar sin ninguna objeción, le fascinaba.

Después de un largo silencio que sólo se quebraba por el viento o el agua, la joven volvió a quejarse.

-Maldita lluvia.

-Pensé que te gustaba la lluvia, bambina.

-Me gusta cuando mi tía no fantasea con que es un ciclón, traje mis botas de lluvia para la ocasión-alzó las manos desesperada-, ¡y no puedo usarlas!

Antolina volvió a reír doblando ya la hoja.

-¿Y esto no es un ciclón?

-No, abuela, sino ya estaríamos muertas. Es sólo una precipitación… quiero salir, el mar se pone bonito.

La anciana se puso de pie y abrazó a su nieta.

-Hoy quédate conmigo un ratito más.

-Siempre estoy contigo-Carmen sonrió correspondiendo al abrazo.

El tiempo volvió a pasar, ahora la más joven leía en su cama, que muy apropósito había acomodado pegada a la ventana por dos razones: “en el día entra mucha luz, y en la noche no se ve más que el cielo”; la más adulta leía también, pero con ayuda de una lámpara de lectura que su nieta le había regalado por su cumpleaños setenta y cuatro, tan a gusto estaban entre ambas, que hasta el no hablarse resultaba espléndido. Es así como estaban, ambas ensimismadas, cuando llegó la tía de la primera que a la vez era la hija de la segunda.

-¡Mamá!-dijo abriendo la puerta.

Antolina alzó la vista.

-¿Qué ocurre?

Carmen miró la escena sin hacer acto de presencia.

-¿Recuerdas a Hortensia, una vieja amiga?

-Quizá-la  señora sonrió.

-Mañana van a venir a desayunar ella y toda la familia y necesito tu ayuda.

-¿Para quedar bien? ¿Para que vea que no fracasaste en la vida? ¿Para que vea que tus hijas son más bonitas que las de ella?-habló por primera vez Carmen.

Hubo un silencio sepulcral cargado de armonía que se desvaneció al escucharse las carcajadas de las tres mujeres.

-¡Eres una tonta!-dijo su tía, Davina-. Y no, porque tiene puros hijos varones… ¿mamá?-volteó con Antolina.

-Sí… está bien-contestó la anciana-. Si me prometes ya no usar tu móvil hasta que regresemos a casa.

Carmen asomó su cabeza y vio a Davina con la mano derecha detrás de su fisonomía, sonrió de nuevo al saber que estaba en problemas, y no es que no la quisiera, la adoraba, pero tenía ya mucho tiempo tratándola como una hermana… no como su tía.

-Lo usé porque Abdón llamó para decir que llegan en la madrugada, tuvieron que detenerse por la lluvia.

-Bien-dijo Doña Antolina dando por concluida la plática-. Mañana bajo a las siete para lo que necesites.

Davina asintió contenta y miró a su sobrina.

-¿Tú no dices nada porque tu padre, madre y hermana vienen?-alzó una ceja.


-Ojalá de verdad estuviéramos en un ciclón-respondió, mirando a la ventana con tristeza, ya no quiso hacer nada más que admirar lo que ella (o quizá miles de personas más) conocían como el bosque tropical.
*** 
Cambié el diseño del blog porque Derek me pasó una plantilla como regalo por ser super cúl (si es que se le llama regalo a un archivo que se envían por facebook-feisbuc-), y me parece demasiado armónico porque sí, el blanco, negro y gris son muy armónicos para mí, así que gracias por el detalle de tomarme en cuenta *le manda besitos cibernéticos hasta Villacorona*. 

Cartas a mi abue XII; el tío

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Abue:
Mi tío Pollo se murió. Y sé exactamente que ya lo sabes, lo sabes desde antes que yo, pero tenía que afirmarlo, tenía que afirmármelo, porque yo no lo creo aún, todavía creo que lo voy a ver por la casa, panzón, barbón, con cara de enojón, pero no, la última vez que lo vi estaba en una caja café, pero no era él, era un potencial a serlo.

Ayer que llegué de misa, con los ojos hinchados y con sentimientos que no sé exactamente qué eran, fui a mi cuarto por mis álbumes de fotografía de niña, no sabía qué foto buscaba pero sabía que iba a aparecer, una de él, delgado, con un bigote ridículo, abrazando a una bebé fea: yo. Porque era fea, tú me lo decías, todo el mundo me lo dice.

Quizá las personas que vayan a leer esto no entienden el porqué de este shock ante la muerte de un tío, quizá nadie lo entienda si no es de mi familia o si no eres tú, pero puedo decirlo: él no era mi tío, era como mi papá, fue de las pocas personas que me aceptó desde antes de que yo llegara al mundo. Según mi mamá cuando chiflaba yo me movía en su panza y la regañaba cada que boleaba mis zapatos porque “dejaba la rayita blanca”.

A esto viene una pregunta muy difícil: ¿por qué se tuvieron que morir tú y mi tío Pollo? Es tan fácil, tú porque tenías cáncer con metástasis cuatro, negligencia médica por información atrasada, él, por alcoholismo, ya no le servía el hígado. Y aún así no entiendo… A pesar de que los últimos meses sentía mucho coraje con él, ahora no, ahora soy la primera en rezar el rosario –que ni me sé *me miras indignada porque crees que me estoy burlando de la religión PERO NO LO ESTOY HACIENDO*-. Y espero que, si sí existe el cielo, él ya esté contigo.

-Te dije que te cuidaras-le dices sentada en un sofá que se ve muy cómodo.
Él no contesta y agacha la mirada.

-¿Qué pasó?-le dices de nuevo mientras lo abrazas.


Te quiero abue y si está contigo, dile que lo quiero a él también. 

1. Litoral

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Era verdad lo que decían, que el hombre había terminado de descubrir cada rincón del planeta tierra, era absolutamente cierto, pero la mayor virtud de este animal era que no colonizaba el territorio homogéneamente, le gustaba aglomerarse en partes dispersas, en lugares que no se conjugaban. Era (o quizá es, quién lo sabe) una de las cosas que más ayudaba a darle un respiro a la naturaleza.

Uno de los territorios que más veía este proceso era el litoral, en algunas partes se encuentran grandes ciudades, preciosos hoteles con vistas impresionantes al océano, pero en otras sólo existen palmeras con cocos, con la brisa y con el único sonido de las olas al chocar con sí mismas.

En un lugar como el último se encontraba Felipe, con los ojos cerrados, percibiendo el aroma a mar, sintiendo la brisa en el rostro y ese sabor a sal en sus labios. El sol le pegaba con tanta ternura que casi olvida que los rayos UV le provocaban cáncer de piel a uno si se quedaba ahí mucho rato. No tenía frío y a pesar de estar a cero metros sobre el nivel del mar, tampoco tenía calor. Estaba bajo un confort térmico.

Le gustaba estar ahí, en donde el silencio sólo se quebraba gracias a las olas, ahí donde no tenía que entablar conversación con uno de sus hermanos o soportar el silencio incómodo de su padre al leer el periódico. Estaba casi seguro de sentirse feliz, hasta que escuchó la voz de una mujer a lo lejos.

Abrió los ojos. Se puso de pié. Buscó de dónde provenía el sonido. No tardó mucho en identificarlo, pues con él se acompañaba, no ya una mujer bien formada sino una joven, no distinguía mucho de ella debido a que aún estaba muy lejos, pero se acercaba, se acercaba muy contenta entablando una conversación con… nada.

Felipe intentó ocultarse con poco éxito y si quería marcharse tenía que pasar exactamente por donde ella venía. Sólo esperó de pie a que lo mirara o de otra manera se perdiera en el bosque lleno de palmeras que no quedaba muy lejos. Ocurrió exactamente lo primero, la joven lo miró y dejo de parlotear para sonreírle.

-¡Hola!-lo saludó acercándose-. ¿También viniste a dar un paseo?

Él no contestó, se le quedó mirando de pies a cabeza, era fea. Tenía un vestido que le llegaba a media pantorrilla color rosa pastel, un sombrero para el sol, cargaba una mochila en su espalda y traía ambas manos ocupadas, la derecha con un libro y la izquierda con una planta, lo que más le llamó la atención fueron sus botas para montaña. “¿Quién trae unas botas así en plena playa?” pensó.

-¿No hablas?-insistió ella-. ¿Eres uno de esos salvajes nativos de por aquí? Nunca he visto a uno, qué emoción, aunque debo decirte que no te ves como uno… bueno, no quise decir “salvaje” esa es una palabra muy ofensiva, sabes, pareces citadino… bueno, en fin. ¿No hablas?

-Eh… sí, sí hablo-contestó por fin Felipe-. Y no soy un “salvaje”, vine aquí porque… porque mi papá me envió a inspeccionar el lugar.

Alzó su pecho para intentar imponer respeto, lo cual no funcionó porque ella sonrió.

-Me llamo Carmen-le tendió la mano.

-Yo Felipe-dijo él tomándosela. Su mano era muy suave.

-Vine a dar un paseo, me dijeron que por aquí se estaría bien y que a la señora Tomasa le sentaría estar aquí un momento.

Cuando se refirió a la Señora Tomasa alzó la planta que llevaba consigo.

-Y si sólo vienes a inspeccionar el lugar-continuó Carmen-, te dejo porque yo tengo que terminar mi paseo. Espero verte por aquí, Felipe.

Ella comenzó a caminar de nuevo.

-Sí…-contestó el chico muy ensimismado-. Hasta pronto, creo.

Cuando vio que ella se alejó bastante se quedó un segundo parado observando el mar.

-Qué cosas tan raras admira uno por estos lugares.


Concluyó al fin y comenzó a caminar a la casa donde se estaba quedando. 

***
Estoy muy contenta porque hace mucho mucho tiempo que no tenía clara una historia que llegara a redacción, ésta quedó después de un mes. Y no sé cuándo subiré las continuaciones (espero que pronto). 

Disculpen el título, si tardé más de seis meses para escribir algo que me imaginaba, tardaré mucho más en asignarle un buen encabezado.

Los reyes magos

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Era un seis de enero cuando junto con su mamá se internaban en la cocina para desayunar, tan temprano era que el reloj apenas marcaba las siete de la mañana. La niña con un uniforme color azul, calcetas blancas y zapatos negros, se mentalizaba para otro tortuoso día en su abominable escuela primaria.

Su mamá, frente a ella, sacaba una cuchara y el aceite de oliva que disfrutaba darle a su hija todos los días.

-Esto te hace bien-le dijo un día su abuela. Lo cual su mamá obedeció con ojos cerrados.

“Me hará bien, pero no me gusta” pensaba cada que tenía que tragarlo.

Todos se dirían emocionados, puesto que era el día en que los tres reyes magos llegaban con regalos y cuchicheadas así. En la familia de la pequeña nunca se acostumbró ese ritual, por lo cual, el día aparte de ser ordinario, llegaba a ser aburrido; pasada navidad, todo enero, para ella era una total aberración porque:

1.    Odiaba el primero de enero porque todo estaba cerrado; le daba la sensación de soledad.

2.    Odiaba la rosca de reyes porque tenía frutos secos que tenían forma de chile morrón; le daba esa sensación de asco.

3.    Entraba a la escuela; odiaba a sus compañeros. Quería matarlos.

“Ni me sé el nombre de los reyes… es muy  justo que no me traigan nada”, pensaba de nuevo al masticar su sándwich con crema (únicamente porque no le gustaba el jitomate).

-Ya vámonos-le dijo su mamá. Con aquella advertencia sabía de sobra que ya eran las siete con treinta.

Dio un brinco para bajarse del banco y darle un último trago a su vaso con leche cuando tuvo la ocurrencia de mirar hacia el árbol de navidad (que todavía yacía ahí).

-¿Qué es eso, mami?-preguntó dejando el vaso en la barra y de camino hacia el árbol.

-¿Qué de qué?-su mamá se hizo la desentendida.

Lo que encontró sobrepasaba las expectativas del día. Eran juguetes, unos grandes, otros pequeños, pero muchos juguetes.

-¡SON JUGUETES!-dijo acercándose con rapidez-. ¡MAMÁ, VINIERON LOS REYES!

Su sorpresa no pasaba, buscaba entre todos esos tamaños algo que le gustara hasta que lo encontró:

Un objeto metálico en forma de flor color amarillo con pequeñas flores como grabado, envuelto en un plástico. La niña intentó no emocionarse porque nadie le aseguraba que fuera para ella. Pero el regalo la llamaba.

Después repasó los demás regalos, los grandes, los medianos, buscó pistas hasta que las encontró: cada regalo tenía un nombre, y no sólo eso, era el nombre de todos sus primos. Diego, Kevin, Juan Pablo, Fabio, Paul, Hania, Michel e incluso el mayor Bryan. Tomó de nuevo su flor metálica, le dio la vuleta y feliz descubrió su nombre.

“Para: Daniela
De: los Reyes Magos”

Era letra grabada con tinta azul, su nombre en mayúsculas no dejó lugar a dudas ¡era su regalo! ¡Todos sus primos tenían un regalo ahí!

-¡Es míííío!-dijo aferrándolo a su pecho y tomando su mochila (con llantitas en ese entonces).

-Deberías esperarte a llegar de la escuela para que…

-No, mamá, dice mi nombre, y hay más para todos, este es mío, ningún otro dice mi nombre-la niña sonrió-. Y ya vámonos.


Odiaba la primaria pero odiaba más llegar tarde.

Al estar dentro de esa cárcel llena de gorilas, se dio cuenta que la flor ocultaba muchas cosas para hacer pulseras y collares; ese día fue sublime, nadie pudo con ella y su felicidad de que los Reyes llegaron.

A la salida corrió a ver a su abue sentada en una de las jardineras.

-¡Abue!-dijo acercándose y dándole su mochila-. Me llegó esto (la flor)  a la casa y había regalos para todos mis primos, espera que los vean.

-Sí… te recuerdo que vivimos donde mismo-le dijo su abuela conteniendo una risa.

-Descubrí que puedo hacer pulseras y collares…-comenzaron a caminar a la casa-. ¿Quieres que te haga un collar azul? Hay azul.

-Está bien-dijo ella-. ¿Te gustó tu regalo?

-Sí, le dieron al punto-contestó la niña feliz.


Años después todavía conserva esa flor, pero ahora guarda labiales y aretes, que no hizo ella, obviamente. 

***
Por el nombre obviamente sabrán que es una experiencia propia, pero me acordé hoy que me desperté a las cuatro de la mañana y vi mi flor metálica.

Tuve a la mejor reina maga del mundo, no voy a dejar de repetirlo nunca. :)

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