¿El qué?

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Ahora que tengo estas ganas inmensas de besarte, no, no, concéntrate… iba caminando por los pasillos cuando de repente todo me pareció absurdo y aburrido, y no es como si yo fuera de esas personas negativas que ven todo oscuro, bueno sí, a veces lo soy y en el pasado lo era diariamente, pero los golpes te enseñan a sonreír de una manera incoherente, ¡basta! Me gusta salirme de las líneas que creo escribir, bueno, entonces todo me pareció absurdo, aburrido, monótono y concluí que la semana no me vendría bien.

¿Qué hacía, pues, si ya se me había metido a la cabeza que la semana sería mala? Nada, porque en realidad lo que se me mete a la cabeza dura un tiempo ahí plantado hasta que llego a mis conclusiones y todo se arregla, pero pueden tardar años.

Entonces llegó el miércoles y un chico guapo me sonrió en el camión.

-Me sonrió un tipo en el camión-me dije a mí misma volteando para el templo que tenía enfrente-, no, quizá no me sonrió a mí.

Voltee de nuevo y lo vi… ¡zas! Que sonríe.

-Mierda-me dije de nuevo-, es un tic nervioso.

La verdad es que no era un tic, era que ese chavo (¡DE BUEN VER!) estaba coqueteando conmigo, ¿y yo qué hice? Voltearme y ver un templo, uno que veo todos los días de regreso a mi casa, estúpida, Dani, verdaderamente estúpida.

Pero eso no cambió del todo mi monotonía de la semana, pues en casa ahogada en tarea y según yo concentrada revelaron algo que para mis ojos era invisible y todo cambia, eres la más bonita, la más escuchada y hasta la más inteligente.

¿Cuánto dura ese momento de felicidad? No lo sé, pero la felicidad es más corta que la tristeza…

-¿Tú crees que sí se haga?-le pregunté a una amiga un día de estos.

-Yo creo que sí-contestó segura.

-Del 10 al 1, donde 10 es seguro y 1 es “¿para qué te haces tonta, Dani?” ¿qué número le echas?-de nuevo mi yo insegura flotó.

-Un ocho… todo depende de 2 cuestiones.

Y me las dijo y yo escuché, y no creo que esas cuestiones se realicen.

*No intenten ver coherencia en el texto, yo sola me entendí –o no lo sé-, pero esa es mi semana en resumidas cuentas*.

El tren

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La miré a los ojos, cafés, oscuros, como la mayoría de los que conocía, sonrió y le dio un sorbo a su bebida, algo rarísimo, pero que parecía encantarle.

-¿Por qué te vas en metro si es algo más complicado?-le pregunté al ver que le daba una mordida a su sándwich y que parecía no empezaría la plática de nuevo por comer.

-A veces-contestó ella interrumpiendo su comida para mirarme a los ojos-, a veces lo complicado es lo más divertido.

-No...-esquivé su mirada-. Lo complicado me da mucha flojera.

-A mí la flojera me la das tú.
Siguió comiendo, sin comprender que yo necesitaba entender por qué hacía ese tipo de cosas raras.

-Enserio… ¿por qué vas en metro si tienes toda la facilidad de irte en un solo camión?

-¡Ay!-dijo ella dado por terminado el sándwich.

Me miró exasperada y eso me daba miedo, ella así era como mil demonios conjugados en uno, me había pasado cuando no llegó a entender un problema de matemática.

-¿No te ha dado curiosidad de saber cuánta gente puedes observar en el metro?-preguntó pidiendo un helado.

-No.

-Por eso eres igual que toda la bola. Ver a los que corren para no perder el metro, a pesar de que éste pasa cada menos de 10 minutos, los que van con calma y miran a los rápidos, a los que ves frente a ti cuando van a otra dirección y mis favoritos, los que van parados mientras leen.

-¿Sólo por eso te vas en metro?

-La gente guarda muchos secretos y en el metro hay infinidad de susurros…

Llegó su helado y mi pastel y la barrera del silencio se impuso de nuevo.

-Eres infinita.

-No, no lo soy.

-Lo eres y más al negarlo; eres capaz de ver la belleza en todo ser humano, pero eres imposible de llenarte de egocentrismo, eso, querida, te hace infinita. 

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