El tren

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La miré a los ojos, cafés, oscuros, como la mayoría de los que conocía, sonrió y le dio un sorbo a su bebida, algo rarísimo, pero que parecía encantarle.

-¿Por qué te vas en metro si es algo más complicado?-le pregunté al ver que le daba una mordida a su sándwich y que parecía no empezaría la plática de nuevo por comer.

-A veces-contestó ella interrumpiendo su comida para mirarme a los ojos-, a veces lo complicado es lo más divertido.

-No...-esquivé su mirada-. Lo complicado me da mucha flojera.

-A mí la flojera me la das tú.
Siguió comiendo, sin comprender que yo necesitaba entender por qué hacía ese tipo de cosas raras.

-Enserio… ¿por qué vas en metro si tienes toda la facilidad de irte en un solo camión?

-¡Ay!-dijo ella dado por terminado el sándwich.

Me miró exasperada y eso me daba miedo, ella así era como mil demonios conjugados en uno, me había pasado cuando no llegó a entender un problema de matemática.

-¿No te ha dado curiosidad de saber cuánta gente puedes observar en el metro?-preguntó pidiendo un helado.

-No.

-Por eso eres igual que toda la bola. Ver a los que corren para no perder el metro, a pesar de que éste pasa cada menos de 10 minutos, los que van con calma y miran a los rápidos, a los que ves frente a ti cuando van a otra dirección y mis favoritos, los que van parados mientras leen.

-¿Sólo por eso te vas en metro?

-La gente guarda muchos secretos y en el metro hay infinidad de susurros…

Llegó su helado y mi pastel y la barrera del silencio se impuso de nuevo.

-Eres infinita.

-No, no lo soy.

-Lo eres y más al negarlo; eres capaz de ver la belleza en todo ser humano, pero eres imposible de llenarte de egocentrismo, eso, querida, te hace infinita. 

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