Cartas a mi abue XVII

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-Deberías cortarte esas greñas que traes-me dices mientras me quitas un mechón de cabello de la frete para poder comer sopa de fideo con caldo de pollo.

-¿Más?-abro mis ojos como platos al no entender tu definición de pelo corto.

-Sólo bromeo.

Abue, sé que la mayoría de las veces te escribo para decirte que han pasado cosas asombrosas y que estoy muy feliz, pero no es mi culpa que cada que pasa el tiempo conozca a más gente maravillosa que me viene a alegrar la vida. A veces creo, muy dentro de mí, que sólo son señales que mandas desde donde quiera que estés para demostrarme que merece la pena la vida, aunque a veces ésta sea una maldita.

Hace unos días, mientras mi mamá husmeaba una caja de cartón que uno de mis tíos metió al cuartito hace algunos años, encontré una serie de tesoros que ahora porto conmigo; “¿cuáles?” me preguntas con el tono de voz que se escucha en la lejanía, y no dudo en responderte: ¿recuerdas que hace mucho tiempo mientras veíamos televisión y yo te contaba sobre “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë volteé a mirarte y te pregunté cuál era tu libro favorito?

-¡Ufffff!-suspiraste, mientras veías al vacío-. Me gusta mucho “Lo que el viento se llevó”, ¡ay, hija! Es una historia tan completa… que la recuerdo y siento cómo todo se mueve. Cuando lo leí, recuerdo muy bien que en las noches metía una vela al baño y lo leía dentro hasta altas, muy altas horas.
Pues a propósito, mi mamá ese día salió de mi cuarto con un libro de gran contenido (o al menos eso parecía por el grosor) y lo soltó en mis piernas. Yo me quedé un minuto observándola intentando entender su agresión hasta que entendí que estaba buscando la respuesta en el lugar incorrecto, así que tomé el libro y lo vi: “Lo que el viento se llevó”. Di un grito y me puse de pie a dar vueltas como loca, miré el texto tantas veces para asegurarme de que de verdad lo tenía en mis manos; era el mejor descubrimiento que habían hecho por mí desde hace mucho.

Aún no lo leo… ni sé cuándo lo empezaré, pero es uno de los tantos recuerdos que me ayudan a saber que exististe y que te conocí. Dentro de los mismos (que mucha gente podría llamar cachivaches) objetos había dos pulseras, las cuales ahorita cargan mis muñecas como señal de emoción. Quién diría que las cosas pequeñas crean significados tan grandes, ¿eh?


Tenía mucho sin escribir y probablemente me tardaré en escribir mucho más, pero quería decir esto porque es emocionante, porque es representativo y porque es parte de mi vida historicista. Ya veo los vientos de otoño, ya siento el ambiente de los bonitos meses de octubre, noviembre y diciembre; todo va bien, con sus altas y bajas, pero definitivamente bien. 

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