-Deberías
cortarte esas greñas que traes-me dices mientras me quitas un mechón de cabello
de la frete para poder comer sopa de fideo con caldo de pollo.
-¿Más?-abro
mis ojos como platos al no entender tu definición de pelo corto.
-Sólo
bromeo.
Abue,
sé que la mayoría de las veces te escribo para decirte que han pasado cosas
asombrosas y que estoy muy feliz, pero no es mi culpa que cada que pasa el
tiempo conozca a más gente maravillosa que me viene a alegrar la vida. A veces
creo, muy dentro de mí, que sólo son señales que mandas desde donde quiera que
estés para demostrarme que merece la pena la vida, aunque a veces ésta sea una
maldita.
Hace
unos días, mientras mi mamá husmeaba una caja de cartón que uno de mis tíos
metió al cuartito hace algunos años, encontré una serie de tesoros que ahora
porto conmigo; “¿cuáles?” me preguntas con el tono de voz que se escucha en la
lejanía, y no dudo en responderte: ¿recuerdas que hace mucho tiempo mientras
veíamos televisión y yo te contaba sobre “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë
volteé a mirarte y te pregunté cuál era tu libro favorito?
-¡Ufffff!-suspiraste,
mientras veías al vacío-. Me gusta mucho “Lo que el viento se llevó”, ¡ay,
hija! Es una historia tan completa… que la recuerdo y siento cómo todo se mueve.
Cuando lo leí, recuerdo muy bien que en las noches metía una vela al baño y lo
leía dentro hasta altas, muy altas horas.
Pues
a propósito, mi mamá ese día salió de mi cuarto con un libro de gran contenido
(o al menos eso parecía por el grosor) y lo soltó en mis piernas. Yo me quedé
un minuto observándola intentando entender su agresión hasta que entendí que
estaba buscando la respuesta en el lugar incorrecto, así que tomé el libro y lo
vi: “Lo que el viento se llevó”. Di un grito y me puse de pie a dar vueltas
como loca, miré el texto tantas veces para asegurarme de que de verdad lo tenía
en mis manos; era el mejor descubrimiento que habían hecho por mí desde hace
mucho.
Aún
no lo leo… ni sé cuándo lo empezaré, pero es uno de los tantos recuerdos que me
ayudan a saber que exististe y que te conocí. Dentro de los mismos (que mucha gente
podría llamar cachivaches) objetos había dos pulseras, las cuales ahorita
cargan mis muñecas como señal de emoción. Quién diría que las cosas pequeñas
crean significados tan grandes, ¿eh?
Tenía
mucho sin escribir y probablemente me tardaré en escribir mucho más, pero
quería decir esto porque es emocionante, porque es representativo y porque es
parte de mi vida historicista. Ya veo los vientos de otoño, ya siento el
ambiente de los bonitos meses de octubre, noviembre y diciembre; todo va bien,
con sus altas y bajas, pero definitivamente bien.