Café amargo

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Mírame, ¿qué podía tener de nuevo?
-Dolerá-le dio un trago a su café-, pero debes saber, que no eres nada para él. ¿Por qué teniendo todo lo que puede tener, se fijaría en ti? Eres, muy… pero demasiado sencilla.
Era tan fría, que dolía ser la sensible ahí, qué más daba. Siempre me rehúye la gente… por seria y aburrida.
Le dio un trago más.
Me tragué el nudo en la garganta y sonreí.
-Lo sé-mentí.
Se escucho algo partirse, quién sabe si fue importante.
Siempre he estado loca y lo vuelvo a arriesgar por tal razón.

El paríso y el infierno se juntan aquí

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Hacía garabatos en la arena con un palo, sus sandalias estaban manchadas de lodo y el sudor escurría por su frente. Aún así no dejaba de ser atractiva.
-Y…-no sabía qué decir, ella era muy rara.
-Bastante me has hecho correr hoy-suspiró sin decir más.
Y es que desde que mi mamá se había encontrado con su amiga de años atrás-de la primaria para ser exactos-  no la dejaba en paz ni a sol ni a sombra, ni en lluvias. Ese no era el problema, lo era que me llevara a mí a todas partes, por culpa de que su amiga tenía una insoportable hija que estaba sola.
Y fue aún peor cuando decidieron venir a Brasil de vacaciones.
<<-Serán excelentes, hijo-me dijo-, conoceremos un país nuevo, gente nueva, un lugar lindo.
Sólo suspiré y puse mis calzoncillos negros que tanto me gustaban.
Ella se llamaba Atena, y como su nombre era rara, callada, algo amargada, pero muy linda.
Ese día nos habían mandado al pueblo, ninguno de los dos quería, pero en algo estábamos de acuerdo: no queríamos seguir escuchando la voz de nuestras madres implorando que nos fuéramos.
-Es como si-dijo caminando enojada-se fueran a un show sólo para mujeres y quisieran quitarnos del camino, digo, las creo muy capaces. ¿Qué han hecho con nosotros? ¡Nada! Y te mandan a ti, como si me hicieras falta.
-No creas que tú me eres necesaria-dije intentando defenderme, pero parecía que sólo existía cuando decía algo que no la ofendiera-. Bueno, ¿qué hacemos?
-No sé-puso en blanco los ojos-. Estamos en un pueblo nuevo, ¿Qué acaso cuando llegas a un lugar que no conoces te quedas metido hasta el día en que te vas? ¡Pues conoceremos el lugar, zopenco!
A veces, allá en mi casa, me daba terror quedarme solo con ella, era como si me enseñara algo que yo obviamente no terminaba de ver.
-Va, va-después de un tiempo sabía tratarla-. Pero, no sabemos ni una mínima palabra en portugués.
-Pues-dudó. Touché pensé-. Sé decir “te amo”, “gracias” y am… “mucho”. ¡Va! No importa.
Miró a todos lados, tomó varias piedras y después me miró.
-¡Muévete!-me gritó-. Agarra piedras y ponlas en el camino, así no necesitaremos preguntar nada y sabremos cómo regresar.
-¿Acaso ésto lo tomaste en alguna referencia de los libros que lees?-la miré, miré sus ojos, ella aún tan fría y rara era dulce.
-Pues en tus películas bobas tiene que salir. Ahora, tómalas y a caminar.
Así lo hice, lo hicimos, caminamos, vimos mar, arena, algunos collares y cuando pensé que todo acabaría, la loca echó pleito con una brasileña que no estaba sola y tuvimos que correr.
Después regreso a donde comencé. Sin decir una sola palabra más siguió dibujando en la arena.
A veces quería mirarla y comerla a besos, era tan dulce y sencilla, había leído muchos libros y siempre me enseñaba algo bueno. No hablo mucho de ella, es como el pequeño secreto que te hace seguir, aunque es dura. A veces suelo odiarla ¡tanto! Que mi corazón necesita aire. Sus abios carnosos que intentaba esconder. Yo la amaba, enserio lo hacía, pero no lo diría. 

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