Cartas a mi abue XII; el tío

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Abue:
Mi tío Pollo se murió. Y sé exactamente que ya lo sabes, lo sabes desde antes que yo, pero tenía que afirmarlo, tenía que afirmármelo, porque yo no lo creo aún, todavía creo que lo voy a ver por la casa, panzón, barbón, con cara de enojón, pero no, la última vez que lo vi estaba en una caja café, pero no era él, era un potencial a serlo.

Ayer que llegué de misa, con los ojos hinchados y con sentimientos que no sé exactamente qué eran, fui a mi cuarto por mis álbumes de fotografía de niña, no sabía qué foto buscaba pero sabía que iba a aparecer, una de él, delgado, con un bigote ridículo, abrazando a una bebé fea: yo. Porque era fea, tú me lo decías, todo el mundo me lo dice.

Quizá las personas que vayan a leer esto no entienden el porqué de este shock ante la muerte de un tío, quizá nadie lo entienda si no es de mi familia o si no eres tú, pero puedo decirlo: él no era mi tío, era como mi papá, fue de las pocas personas que me aceptó desde antes de que yo llegara al mundo. Según mi mamá cuando chiflaba yo me movía en su panza y la regañaba cada que boleaba mis zapatos porque “dejaba la rayita blanca”.

A esto viene una pregunta muy difícil: ¿por qué se tuvieron que morir tú y mi tío Pollo? Es tan fácil, tú porque tenías cáncer con metástasis cuatro, negligencia médica por información atrasada, él, por alcoholismo, ya no le servía el hígado. Y aún así no entiendo… A pesar de que los últimos meses sentía mucho coraje con él, ahora no, ahora soy la primera en rezar el rosario –que ni me sé *me miras indignada porque crees que me estoy burlando de la religión PERO NO LO ESTOY HACIENDO*-. Y espero que, si sí existe el cielo, él ya esté contigo.

-Te dije que te cuidaras-le dices sentada en un sofá que se ve muy cómodo.
Él no contesta y agacha la mirada.

-¿Qué pasó?-le dices de nuevo mientras lo abrazas.


Te quiero abue y si está contigo, dile que lo quiero a él también. 

1. Litoral

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Era verdad lo que decían, que el hombre había terminado de descubrir cada rincón del planeta tierra, era absolutamente cierto, pero la mayor virtud de este animal era que no colonizaba el territorio homogéneamente, le gustaba aglomerarse en partes dispersas, en lugares que no se conjugaban. Era (o quizá es, quién lo sabe) una de las cosas que más ayudaba a darle un respiro a la naturaleza.

Uno de los territorios que más veía este proceso era el litoral, en algunas partes se encuentran grandes ciudades, preciosos hoteles con vistas impresionantes al océano, pero en otras sólo existen palmeras con cocos, con la brisa y con el único sonido de las olas al chocar con sí mismas.

En un lugar como el último se encontraba Felipe, con los ojos cerrados, percibiendo el aroma a mar, sintiendo la brisa en el rostro y ese sabor a sal en sus labios. El sol le pegaba con tanta ternura que casi olvida que los rayos UV le provocaban cáncer de piel a uno si se quedaba ahí mucho rato. No tenía frío y a pesar de estar a cero metros sobre el nivel del mar, tampoco tenía calor. Estaba bajo un confort térmico.

Le gustaba estar ahí, en donde el silencio sólo se quebraba gracias a las olas, ahí donde no tenía que entablar conversación con uno de sus hermanos o soportar el silencio incómodo de su padre al leer el periódico. Estaba casi seguro de sentirse feliz, hasta que escuchó la voz de una mujer a lo lejos.

Abrió los ojos. Se puso de pié. Buscó de dónde provenía el sonido. No tardó mucho en identificarlo, pues con él se acompañaba, no ya una mujer bien formada sino una joven, no distinguía mucho de ella debido a que aún estaba muy lejos, pero se acercaba, se acercaba muy contenta entablando una conversación con… nada.

Felipe intentó ocultarse con poco éxito y si quería marcharse tenía que pasar exactamente por donde ella venía. Sólo esperó de pie a que lo mirara o de otra manera se perdiera en el bosque lleno de palmeras que no quedaba muy lejos. Ocurrió exactamente lo primero, la joven lo miró y dejo de parlotear para sonreírle.

-¡Hola!-lo saludó acercándose-. ¿También viniste a dar un paseo?

Él no contestó, se le quedó mirando de pies a cabeza, era fea. Tenía un vestido que le llegaba a media pantorrilla color rosa pastel, un sombrero para el sol, cargaba una mochila en su espalda y traía ambas manos ocupadas, la derecha con un libro y la izquierda con una planta, lo que más le llamó la atención fueron sus botas para montaña. “¿Quién trae unas botas así en plena playa?” pensó.

-¿No hablas?-insistió ella-. ¿Eres uno de esos salvajes nativos de por aquí? Nunca he visto a uno, qué emoción, aunque debo decirte que no te ves como uno… bueno, no quise decir “salvaje” esa es una palabra muy ofensiva, sabes, pareces citadino… bueno, en fin. ¿No hablas?

-Eh… sí, sí hablo-contestó por fin Felipe-. Y no soy un “salvaje”, vine aquí porque… porque mi papá me envió a inspeccionar el lugar.

Alzó su pecho para intentar imponer respeto, lo cual no funcionó porque ella sonrió.

-Me llamo Carmen-le tendió la mano.

-Yo Felipe-dijo él tomándosela. Su mano era muy suave.

-Vine a dar un paseo, me dijeron que por aquí se estaría bien y que a la señora Tomasa le sentaría estar aquí un momento.

Cuando se refirió a la Señora Tomasa alzó la planta que llevaba consigo.

-Y si sólo vienes a inspeccionar el lugar-continuó Carmen-, te dejo porque yo tengo que terminar mi paseo. Espero verte por aquí, Felipe.

Ella comenzó a caminar de nuevo.

-Sí…-contestó el chico muy ensimismado-. Hasta pronto, creo.

Cuando vio que ella se alejó bastante se quedó un segundo parado observando el mar.

-Qué cosas tan raras admira uno por estos lugares.


Concluyó al fin y comenzó a caminar a la casa donde se estaba quedando. 

***
Estoy muy contenta porque hace mucho mucho tiempo que no tenía clara una historia que llegara a redacción, ésta quedó después de un mes. Y no sé cuándo subiré las continuaciones (espero que pronto). 

Disculpen el título, si tardé más de seis meses para escribir algo que me imaginaba, tardaré mucho más en asignarle un buen encabezado.

Los reyes magos

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Era un seis de enero cuando junto con su mamá se internaban en la cocina para desayunar, tan temprano era que el reloj apenas marcaba las siete de la mañana. La niña con un uniforme color azul, calcetas blancas y zapatos negros, se mentalizaba para otro tortuoso día en su abominable escuela primaria.

Su mamá, frente a ella, sacaba una cuchara y el aceite de oliva que disfrutaba darle a su hija todos los días.

-Esto te hace bien-le dijo un día su abuela. Lo cual su mamá obedeció con ojos cerrados.

“Me hará bien, pero no me gusta” pensaba cada que tenía que tragarlo.

Todos se dirían emocionados, puesto que era el día en que los tres reyes magos llegaban con regalos y cuchicheadas así. En la familia de la pequeña nunca se acostumbró ese ritual, por lo cual, el día aparte de ser ordinario, llegaba a ser aburrido; pasada navidad, todo enero, para ella era una total aberración porque:

1.    Odiaba el primero de enero porque todo estaba cerrado; le daba la sensación de soledad.

2.    Odiaba la rosca de reyes porque tenía frutos secos que tenían forma de chile morrón; le daba esa sensación de asco.

3.    Entraba a la escuela; odiaba a sus compañeros. Quería matarlos.

“Ni me sé el nombre de los reyes… es muy  justo que no me traigan nada”, pensaba de nuevo al masticar su sándwich con crema (únicamente porque no le gustaba el jitomate).

-Ya vámonos-le dijo su mamá. Con aquella advertencia sabía de sobra que ya eran las siete con treinta.

Dio un brinco para bajarse del banco y darle un último trago a su vaso con leche cuando tuvo la ocurrencia de mirar hacia el árbol de navidad (que todavía yacía ahí).

-¿Qué es eso, mami?-preguntó dejando el vaso en la barra y de camino hacia el árbol.

-¿Qué de qué?-su mamá se hizo la desentendida.

Lo que encontró sobrepasaba las expectativas del día. Eran juguetes, unos grandes, otros pequeños, pero muchos juguetes.

-¡SON JUGUETES!-dijo acercándose con rapidez-. ¡MAMÁ, VINIERON LOS REYES!

Su sorpresa no pasaba, buscaba entre todos esos tamaños algo que le gustara hasta que lo encontró:

Un objeto metálico en forma de flor color amarillo con pequeñas flores como grabado, envuelto en un plástico. La niña intentó no emocionarse porque nadie le aseguraba que fuera para ella. Pero el regalo la llamaba.

Después repasó los demás regalos, los grandes, los medianos, buscó pistas hasta que las encontró: cada regalo tenía un nombre, y no sólo eso, era el nombre de todos sus primos. Diego, Kevin, Juan Pablo, Fabio, Paul, Hania, Michel e incluso el mayor Bryan. Tomó de nuevo su flor metálica, le dio la vuleta y feliz descubrió su nombre.

“Para: Daniela
De: los Reyes Magos”

Era letra grabada con tinta azul, su nombre en mayúsculas no dejó lugar a dudas ¡era su regalo! ¡Todos sus primos tenían un regalo ahí!

-¡Es míííío!-dijo aferrándolo a su pecho y tomando su mochila (con llantitas en ese entonces).

-Deberías esperarte a llegar de la escuela para que…

-No, mamá, dice mi nombre, y hay más para todos, este es mío, ningún otro dice mi nombre-la niña sonrió-. Y ya vámonos.


Odiaba la primaria pero odiaba más llegar tarde.

Al estar dentro de esa cárcel llena de gorilas, se dio cuenta que la flor ocultaba muchas cosas para hacer pulseras y collares; ese día fue sublime, nadie pudo con ella y su felicidad de que los Reyes llegaron.

A la salida corrió a ver a su abue sentada en una de las jardineras.

-¡Abue!-dijo acercándose y dándole su mochila-. Me llegó esto (la flor)  a la casa y había regalos para todos mis primos, espera que los vean.

-Sí… te recuerdo que vivimos donde mismo-le dijo su abuela conteniendo una risa.

-Descubrí que puedo hacer pulseras y collares…-comenzaron a caminar a la casa-. ¿Quieres que te haga un collar azul? Hay azul.

-Está bien-dijo ella-. ¿Te gustó tu regalo?

-Sí, le dieron al punto-contestó la niña feliz.


Años después todavía conserva esa flor, pero ahora guarda labiales y aretes, que no hizo ella, obviamente. 

***
Por el nombre obviamente sabrán que es una experiencia propia, pero me acordé hoy que me desperté a las cuatro de la mañana y vi mi flor metálica.

Tuve a la mejor reina maga del mundo, no voy a dejar de repetirlo nunca. :)

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