El engaño de Athos

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Era un sábado espléndido cuando la duquesa de Saint-Benvenute leía plácidamente recargada en su diván, podría decirse que no se concentraba plenamente en la lectura puesto que frente a ella se encontraba un hermoso jardín lleno de flores, pero, sin embargo su mente estaba llena de cosas demás importantes, hasta que el criado entro con una reverencia.

-Señora, acaba de llegarle esto a nombre del conde de la Fére.

Daniele, se levantó imprudentemente rápido y arrancó la carta de las manos de su criado.

-Marchaos-dijo sin mirarlo.

Abrió la carta y como habíanle avisado, la letra pertenecía a su fiel amante Athos. Suspiró ante su recuerdo, que no hacía mucho que había descansado en sus brazos.

La carta era larga y decía así:


“Mi amada Duquesa de Saint-Benvenute, he de viajar para comenzar nuevas aventuras con mis viejos amigos, sin antes revelarle a las personas que me interesan la verdad de Raúl, mi ahijado.
Se preguntará en qué puede afectarle éste muchacho encantador; puesto que me lo ha preguntado más allá de una simple morbosidad.

Yo ya no era joven cuando en uno de mis viajes quedé en la casa de un cura en una localidad llamada Roche L’Abeille me dio morada y comida, después de eso, un joven y su criado entraron pidiendo la misma hospitalidad que se me había regalado, a comparación que, el cura no estaba y me hice pasar por él , los jóvenes cenaron y yo, estaba dormido ya cuando uno de ellos entró a mi habitación…”

La duquesa se detuvo mirando al frente con un sudor frío y los ojos bien abiertos, tenía miedo qué pudiera confesarle ahí su amante, pero sin perder tiempo reanudó su lectura.

“… y sus encantos me dominaron, puesto que no era un hombre sino una dama disfrazada de éste. Se lo juro que en años había probado el deseo carnal, pero entonces esa joven era encantadora y muy bella y cedí… a la mañana siguiente me dispuse a salir y así lo hice.

Varios meses después volví a aquél pueblillo con la sorpresa de que se encontraba un bebé abandonado por la madre y que en este paquete venía una nota con esto “11 de octubre de 1633”, la fecha exacta de mi aventura. No pude más, mi hermosa Daniele, que llevarme al que era mi hijo, Raúl.

Después, me propuse a educarlo como lo has visto y jamás, jamás probé el amor carnal de nuevo hasta que la encontré por el sendero, angustiada por su caballo, me ha hecho creer de nuevo en lo increíble.

Todo esto pasó mucho antes de siquiera mirarla a usted, amada mía, y quería dejarlo en claro para que no dudara de mi amor jamás. Me he dado de topes por enamorarme de alguien que es simplemente la mitad de años menor que yo, pero ¿qué hago? Si usted me ha correspondido.

Le he confesado esto por si no llego a volver de mis aventuras, tenga en claro que me voy dejando el mayor afecto en usted y en mi Raúl. No me olvide, así como yo no la olvidaré y espero encontrarnos en el sendero de la vida, o en el de la muerte. Seré feliz si Dios así ha de disponerlo.

Su más fervil amante
                                                                                                               EL CONDE DE LA FÉRE.”

-¡Sofía!-gritó desesperada la duquesa- ¡Sofía! ¿Qué esperáis, muchacha lenta?

Sofía entró corriendo, sabiendo que la carta era la causa de la cólera de su ama.

-Dispone de mí, señora-le regaló una reverencia.

-¿Qué hago, Sofía, qué hago?-se puso de pie y anduvo de un lado a otro con una de las manos en la cien  y otra en el vientre-. El conde de la Fére puede jamás regresar, no sabrá que tiene un hijo y éste se quedará sin un padre. ¿Sofía? Sofía, necesito aire, me mareo.

Sofía corrió las cortinas y dejó que el aire entrara.

-Si se va ¿qué será de mí? ¡Oh cuán infeliz soy sin mi Athos!

Sofía comprendió que su ama era infeliz, puesto que sólo llamaba así al conde cuando lo extrañaba con bastante intensidad.

La duquesa soltó en llanto y tomó asiento sin dejar de tocar su vientre.

-¡Mi hijo! ¡Su padre! ¡Mi amado!

Y Sofía no pudo más que consolar a su ama, pidiendo a Dios, el conde de la Fére, saliera con vida de su aventura.

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