Los días que le odio

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Desperté en mi habitación, atarantada por los humos que se desprendían de la vela de vainilla… esa que usamos ayer tan eróticamente, por cierto, yacía desnuda con una sabana encima.
Me puse de pie y camine hacía el armario por una bata, la suya, siempre me gustaba ponerme cosas suyas después de hacer el amor. Me miré en el espejo, eran esos días en que creía que mi vida era irrelevante, que había sido irrelevante y que sería irrelevante por siempre, miré mis pies, mis dedos gordos se movían constantemente y me daba gracia, pero eso no los hacía bonito, “lo cómico nunca es bonito”.
Mis pensamientos se detuvieron al detectar desde acá el dulce olor de café sin azúcar que él preparaba todos los días, quería café, quería despertar… ahora estaba molesta.
Caminé a la cocina con sueño aún, él estaba ahí, con calzoncillos negros, su parte trasera se elevaba más y hacía que comenzara con pensamientos lujuriosos.
¡Basta! Cerré los ojos muy fuerte y olvidé la imagen de su calzoncillo.
-Buenos días, dormilona-dijo él acercándose a mí. Me dio un beso en la frente, un monótono y buen beso en la frente.
Odiaba que lo hiciera, siempre después del “buenos días” venía el beso en la frente. ¿Por qué no los jueves de pronto impresionarme con un beso apasionado que terminara con una mordida pequeña? ¿Era mucho lo que pedía?
-Buenos días-sonreí con conformismo.
-Se hace tarde… es hora de bañarme, está el café listo-caminaba de regreso al cuarto-. Por cierto-se detuvo y volteó.
Interrumpido mi trago al café volteé y lo miré.
-No encuentro las pilas para mi rasuradora eléctrica.
Miré para otro lado, no quería… me interponía definitivamente a que él se quitara la barba que me irritaba cada que nos besábamos. Debería ser un delito que lo hicieran.
-No sé…
-Amor…-me miró muy serio.
-En la caja de los tacones que me regaló mi mamá en navidad-dije volteándole los ojos.
-¿Por qué no simplemente me hice novia a alguien que odiara mi barba?-se metió a la ducha.
-¡PORQUE YO TE ENAMORE, HEREJE!-grite para que escuchara.
Tomé mi café despacio viendo los videos de temporada… no los escuchaba, pero no quería quedarme en silencio. Estaba lista para ver al guapo y elegante que le quitaba el aliento a cualquiera… mientras sus secretaria les decía a todas que su prometida se vestía horrible y no se peinaba. Sí, la secretaria de mi novio me odiaba.
Jamás creí enamorarme hasta que me enamoré… y menos de una persona como él, pero ¿así es el amor, no?
Salió del cuarto listo y perfumado.
-Te veo en mi casa hoy…
-¿Ya hay clientes?
Clientes para su departamento, teníamos listo el enganche de nuestra casa, pero necesitábamos más y con lo que juntáramos de los dos departamentos vendidos bastaría… mientras llegaban los hijos.
-Sí, pero sabes que soy indeciso… ¿qué haremos hoy?
“El amor después de llenarte de fresas y zarzamoras con chocolate y quitarlas con la boca” pensé.
-Noche de películas-contesté riendo.
-¿Segura?-alzo las cejas, era un goloso.
-Sí-aclaré mi garganta-pero ¿puedes llevar fresas y zarzamoras después del trabajo? Yo llevo chocolate.
Sonrió, sin su barba, con su beso en mi frente bien fresco. Es que ese día le odiaba tanto.

Día normal en el mercado.

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Paseaba por el mercado de Tlaquepaque, cargando los huamúchiles que mi abue compró a $10 el cuarto, llegábamos al puesto de un señor muy curioso.

-¿Se parece a Sergio, el hermano de Raúl, no?-preguntó mi abue a mi mamá “discretamente”.

Raúl era el esposo de una de mis tías, y su hermano -Sergio- ya había muerto de una sobredosis hace unos 2 años.

Mi mamá asintió, tenía un cierto parecido con él, pero no era mucho. Tal vez el diente de fierro era lo que mi abue notaba.

Mi abue pidió un kilo de mangos y mientras se los ponían, le comentó al señor su observación.

-No sé por qué-dijo este metiendo los mangos en una bolsa-, pero todos los morenos nos parecemos. ¿Han ido a Oaxaca?

-No-contestamos al unisonó mi mamá y yo.

-Pues allá parecen que a todos antes de crecer les pasan un hacha, para que salgan todos parejos-comenzó a reírse, una risa extraña y vergonzosa pero divertida-, y parece que a todos les dan el brochazo, porque están del mismo color.

Continuó su risa escandalosa, hasta que mi abue pagó y nos alejamos.

-Qué raro señor-susurró mi mamá.

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