Cartas a mi abue; IV

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Escucho cómo es que le das la queja a mi tía Jaque por no bajar a visitarte tan seguido, lo escucho como si de verdad lo estuvieras diciendo y de cierta manera me hace sentir segura de que exististe.

Ayer fue 10 de mayo, y recordé los años pasados, cómo es que te emocionabas cuando llegaba con dos claveles, uno rojo y uno blanco –porque en realidad a pesar de saber que era tu flor favorita, jamás supe el color- y una carta que decía lo mismo de siempre, pero a ti no te importaba, te gustaba. Hasta que llegaba mi tío Omar con su arreglo de rosas carísimo y me despojaba de “Mejor regalo de día de las madres”. Era tan cómico y divertido, pero no importaba, siempre era importante para ti esos detalles que yo te daba.

Pensarás que te he dejado abandonada al no escribir nada, y en realidad así lo es, tengo a todos abandonados, hasta a mí misma. Era tanta la monotonía que me pesaba que ni siquiera tenía una excusa para hablarle a un recuerdo, a una persona que murió hace exactamente 9 meses.

¿Cómo supe que me estaba olvidando de mí? Simple, llegue a tener hasta una semana sin leer, sin tomar fotos, sin escribir algo, eso era lo anormal, pero no lo veía. “Es la escuela, Dani” me decía cuando quería excusarme “te absorbe el tiempo”, pero realmente no lo hace.

Hoy que ya llevo 224 páginas de mi libro “It” y que tomo fotos a los tréboles que nacieron en una de tus macetas y aparte puede fluir tan bien esta explicación, siento que soy yo misma y que no me abandono, como pude hacerlo antes.

-¿Por qué?-preguntas dentro de mi mente (no estoy loca, realmente no lo estoy).

-Por la gente, quise complacerla-me contesto más a mí que a ti.

-Uno puede cambiar, porque quiere-dices-pero no se cambia porque un estúpido te lo dice. Antes de dejar de ser tú, mejor deja a esa persona.

Lo pienso muchas veces antes de estar de acuerdo.

Te extraño mucho, abue. A veces tengo que pensar dos veces si no fue producto de mi imaginación que mi vida cambiara tanto, la casa está sola y silenciosa, eso no me incomoda, lo sabes, pero no huele a ti, no huele a tu comida o a tus cremas para “viejitas” (así pensaba yo) y entonces entra un olor a abandono horripilante que no sale, no sale a pesar de lo que le eche. Pero sé, que algún día por algún lugar percibiré tu olor o tu esencia y me echaré a llorar.

Como antier, bajé del camión en el centro y caminando por alguno de los templos vi a una señora con su nieta, ¿qué sentí? Un vuelco en el corazón, como los que sientes cuando ves al chavo que te gusta. Te vi y me vi caminando por el expiatorio el día que fuimos al sindicato. O cuando te acompañaba a la UdeG.

Todo esto es melancólito, pero te digo que si lo siento así, es porque vuelvo a ser yo misma.

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