Escucho
cómo es que le das la queja a mi tía Jaque por no bajar a visitarte tan
seguido, lo escucho como si de verdad lo estuvieras diciendo y de cierta manera
me hace sentir segura de que exististe.
Ayer
fue 10 de mayo, y recordé los años pasados, cómo es que te emocionabas cuando
llegaba con dos claveles, uno rojo y uno blanco –porque en realidad a pesar de
saber que era tu flor favorita, jamás supe el color- y una carta que decía lo
mismo de siempre, pero a ti no te importaba, te gustaba. Hasta que llegaba mi
tío Omar con su arreglo de rosas carísimo y me despojaba de “Mejor regalo de
día de las madres”. Era tan cómico y divertido, pero no importaba, siempre era
importante para ti esos detalles que yo te daba.
Pensarás
que te he dejado abandonada al no escribir nada, y en realidad así lo es, tengo
a todos abandonados, hasta a mí misma. Era tanta la monotonía que me pesaba que
ni siquiera tenía una excusa para hablarle a un recuerdo, a una persona que
murió hace exactamente 9 meses.
¿Cómo
supe que me estaba olvidando de mí? Simple, llegue a tener hasta una semana sin
leer, sin tomar fotos, sin escribir algo, eso era lo anormal, pero no lo veía. “Es
la escuela, Dani” me decía cuando quería excusarme “te absorbe el tiempo”, pero
realmente no lo hace.
Hoy
que ya llevo 224 páginas de mi libro “It” y que tomo fotos a los tréboles que
nacieron en una de tus macetas y aparte puede fluir tan bien esta explicación,
siento que soy yo misma y que no me abandono, como pude hacerlo antes.
-¿Por
qué?-preguntas dentro de mi mente (no estoy loca, realmente no lo estoy).
-Por
la gente, quise complacerla-me contesto más a mí que a ti.
-Uno
puede cambiar, porque quiere-dices-pero no se cambia porque un estúpido te lo
dice. Antes de dejar de ser tú, mejor deja a esa persona.
Lo
pienso muchas veces antes de estar de acuerdo.
Te
extraño mucho, abue. A veces tengo que pensar dos veces si no fue producto de
mi imaginación que mi vida cambiara tanto, la casa está sola y silenciosa, eso
no me incomoda, lo sabes, pero no huele a ti, no huele a tu comida o a tus
cremas para “viejitas” (así pensaba yo) y entonces entra un olor a abandono
horripilante que no sale, no sale a pesar de lo que le eche. Pero sé, que algún
día por algún lugar percibiré tu olor o tu esencia y me echaré a llorar.
Como
antier, bajé del camión en el centro y caminando por alguno de los templos vi a
una señora con su nieta, ¿qué sentí? Un vuelco en el corazón, como los que sientes
cuando ves al chavo que te gusta. Te vi y me vi caminando por el expiatorio el
día que fuimos al sindicato. O cuando te acompañaba a la UdeG.
Todo
esto es melancólito, pero te digo que si lo siento así, es porque vuelvo a ser
yo misma.
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