Cartas a mi abue XVIII

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“Y me quedé ahí sentada, sin decir nada, sintiéndolo todo”.

Abue:
La vida es un oxímoron, una escala de grises que rara vez concreta su color, y cuando creemos que lo hace, el tiempo es tan efímero que no nos damos cuenta que ha pasado; me siento como ello, una persona después de la definición de un color que al parecer fue nimio y quizá me equivoco de palabra, pero me gusta usarla.

Quiero generar una vida –de conocimientos y sentimientos, aunque como dice la canción “y el dolor también es parte de sentir”- de filtros de atardeceres y amaneceres, en donde una capa realmente pequeña cubre la luz del día y hace todo más detallado, más profundo, más admirable. Lo dice una persona que está escribiendo en la barra de la cocina con todas las luces apagadas y todas las puertas y ventanas cerradas, que no soporta el ruido de los niños jugando.

Digo ello porque al navegar por Tumblr me encontré con varias fotografías con dichos filtros y quien sea ajeno a ello, no, filtros no son sólo los que se encuentran en sus editores de imágenes, sino aquellos que se generan a través de la luz del día; bueno, las vi y me generaron esa melancolía de lo incierto. De esa incertidumbre que a mí me mata cotidianamente. “Aceptar la incertidumbre” dice un artículo que me enviaron hace rato sobre cómo superar la decepción, qué difícil.

Tengo una planta que se llama María Antonieta, a todos les sobresaltó el nombre, ¿por qué? Otro de mis sueños es ser lo suficientemente predecible para la gente, pues así sabrán sobremanera lo que me gusta y me molesta. Hago mención de ello porque no esperaban que le pusiera a mi planta así, ¿qué tiene de raro que una fan de Alejandro Dumas le ponga a su nueva amiga como la Reina madre de Luis XIII? Tiene todo de raro, porque nos gusta conocer a la gente por fuera, para evitar problemas, para salir heridos, para no sentir más allá de lo que se debe sentir.

Cumplí veintiún años y bien cumplidos, feliz, completa, plena a pesar de mi edad y afortunada, por muchas cosas, resulta que hay gente que me aprecia, otra que me detesta y otra que simplemente no está, como tú. ¿Qué sería de mí si tú estuvieras aquí? Seguiría siendo la niña mimada que no sabía caminar sola, tu niña, la niña de Berta –estoy sonriendo al escribirlo, porque sabes que no me importa un carajo que me digan mimada-, lo que no saben es que lo sigo siendo y ese apellido me pertenecerá hasta que deje de existir, ¿lo haré? Exististe porque te recuerdo y eso es imborrable.


Voy a la FIL y me voy a acordar de aquella vez que a pesar de ya haber salido hiciste –sí tú- que nos dejaran entrar sin pagar ni un centavo porque esa niña, la tuya, quería irremediablemente el libro de Drácula con el cual salió tan feliz que al recordarlo sigue sonriendo. No basta repetirte que te extraño y que te amo.

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