Cuando sientes los pies
fríos, a pesar de haber seleccionado con gran espero los calcetines más gruesos
y coloridos, sabes que a pesar de todo el dolor que te cause admitirlo, la
temporada fría ha llegado y que es necesaria una chamarra que sabes que a pesar
del calor que haga dos horas después no cabrá en tu mochila.
Caminaba en busca de algo
nuevo, según un amigo lejano, era una librería que me gustaría. ¿Él que sabía
si no me conocía? Típico de la gente así, lo que a ti te parece demasiado
importante e interesante, para ellos es una cuestión estúpida sin validez. La
busqué aún así porque llevaba meses buscando un libro que me llenara.
Esa era mi vida, las
lecturas de filosofías –que llega un punto en el que no crees que influyan en
tu vida y ¡pam!, ahí tienes muy presente al racionalismo en el color de
calzones que eliges- la escuela, y recolectar libros a pesar que tengo una pila
con 5 que aún no comienzo. ¿Y qué? Recuerdo cuando creía que la gente me
estimaría por ser una lectora concurrente, “sorpresa”, para muchos eres una
estúpida. Y cosas de esas.
El frío comienza y no se
molesta en mostrártelo, a él le encanta ser notado por los demás, tenía un
gorro de rayas de colores y mis mejillas estaban frías hasta colorarse, buscaba con atención los puestos, unos tenían
letras llamativas, otros no, otros se enfocaban en el diseño. A mí me gustaba
mirarlos, quizá esa técnica era buena, pero la comida no.
Caminaba, sonreía y cantaba,
me gustaba aparentar estar loca y que la gente me evitara… los que no, esos extraños
inadaptados me caían bien sin necesidad de hacer nada, porque sabían lo que era
tener tu canción favorita en reproducción y no poder evitar cantarla, a pesar
de estar sola frente a un mundo de gente desconocida.
Ahí estaba de repente “Librerías
el Té”, un lugar pequeño y amontonado; imaginaba el olor hasta que lentamente
apareció cuando entré. Había libros, sin lugar a duda y habría más si buscaba
con detalle.
-Hola-apareció una señora
que me despertó de mi aturdimiento.
-Ho-hola-contesté ensimismada
del aspecto del lugar.
-Perdona, ¿te asusté?-caminó
hacia mí.
-No… es que el olor a libro
me llegó tan de repente que no tuve tiempo de pensar en otra cosa.
-Ya veo… ¿qué te hizo venir
por aquí? ¿Alguna recomendación?
Una señora social me llamaba
la atención más que las elecciones de cualquier país y más si traía unos
converse morados y una blusa holgada.
-Fue una burla-comencé a
recorrer el lugar-, de un personaje que no sabe nada acerca de la magia. Quiso
decir algo como que esto era un rincón y yo una rata.
Ella se sorprendió de mis
palabras, pero sonrió.
-Pues si es así, bienvenida
al rincón de ratas más divertido del mundo-sopló unos cuantos libros-, algo que
aprendí de convivir en un entorno no apto para mí, fue tomar todo con un
criterio divertido delante de la gente, después, a solas, matarlos a
pensamientos. Me sirvió y ahora vivo feliz.
Sonreí. Después de todo
entendía.
-Pues quizá…
-¿Entonces?-alzó una ceja.
-Vengo a buscar un libro-le
dije mirando un librero.
-¿Cuál?
-No sé, uno que sea el 6to
en mi pila de libros que aún no leo, ¿cuál crees que me sirva?
-¿Te gustaría leer todos los
libros del mundo?
-No, porque perdería mi
tiempo en los que no me interesan.
Sonrió de nuevo.
-Encontré uno de marineros
la otra vez, era no muy viejo y tiene una dedicatoria de amigo a amigo. Es lo
que te falta.
-¿Un amigo?-abrí los ojos-,
pero si yo ya tengo amigos, digo, me veo un poco anti…
-¡No! Un libro de marineros para
tu pila de libros que aún no lees.
-Ah…
Después de no muchos minutos
me dio ese libro, que a pesar de una portada poco bonita, al parecer el
contenido era interesante, le di las gracias y tuve que prometerle volver unas
seis veces. A pesar de todo él tenía razón, esa esquina a este ratón le sirvió.