Era verdad lo que decían,
que el hombre había terminado de descubrir cada rincón del planeta tierra, era
absolutamente cierto, pero la mayor virtud de este animal era que no colonizaba
el territorio homogéneamente, le gustaba aglomerarse en partes dispersas, en
lugares que no se conjugaban. Era (o quizá es, quién lo sabe) una de las cosas
que más ayudaba a darle un respiro a la naturaleza.
Uno de los territorios que
más veía este proceso era el litoral, en algunas partes se encuentran grandes
ciudades, preciosos hoteles con vistas impresionantes al océano, pero en otras
sólo existen palmeras con cocos, con la brisa y con el único sonido de las olas
al chocar con sí mismas.
En un lugar como el último
se encontraba Felipe, con los ojos cerrados, percibiendo el aroma a mar,
sintiendo la brisa en el rostro y ese sabor a sal en sus labios. El sol le
pegaba con tanta ternura que casi olvida que los rayos UV le provocaban cáncer
de piel a uno si se quedaba ahí mucho rato. No tenía frío y a pesar de estar a
cero metros sobre el nivel del mar, tampoco tenía calor. Estaba bajo un confort térmico.
Le gustaba estar ahí, en
donde el silencio sólo se quebraba gracias a las olas, ahí donde no tenía que
entablar conversación con uno de sus hermanos o soportar el silencio incómodo
de su padre al leer el periódico. Estaba casi seguro de sentirse feliz, hasta
que escuchó la voz de una mujer a lo lejos.
Abrió los ojos. Se puso de
pié. Buscó de dónde provenía el sonido. No tardó mucho en identificarlo, pues
con él se acompañaba, no ya una mujer bien formada sino una joven, no
distinguía mucho de ella debido a que aún estaba muy lejos, pero se acercaba, se
acercaba muy contenta entablando una conversación con… nada.
Felipe intentó ocultarse con
poco éxito y si quería marcharse tenía que pasar exactamente por donde ella
venía. Sólo esperó de pie a que lo mirara o de otra manera se perdiera en el
bosque lleno de palmeras que no quedaba muy lejos. Ocurrió exactamente lo
primero, la joven lo miró y dejo de parlotear para sonreírle.
-¡Hola!-lo saludó
acercándose-. ¿También viniste a dar un paseo?
Él no contestó, se le quedó
mirando de pies a cabeza, era fea. Tenía un vestido que le llegaba a media
pantorrilla color rosa pastel, un sombrero para el sol, cargaba una mochila en
su espalda y traía ambas manos ocupadas, la derecha con un libro y la izquierda
con una planta, lo que más le llamó la atención fueron sus botas para montaña. “¿Quién trae unas botas así en plena playa?”
pensó.
-¿No hablas?-insistió ella-.
¿Eres uno de esos salvajes nativos de por aquí? Nunca he visto a uno, qué
emoción, aunque debo decirte que no te ves como uno… bueno, no quise decir
“salvaje” esa es una palabra muy ofensiva, sabes, pareces citadino… bueno, en
fin. ¿No hablas?
-Eh… sí, sí hablo-contestó
por fin Felipe-. Y no soy un “salvaje”, vine aquí porque… porque mi papá me
envió a inspeccionar el lugar.
Alzó su pecho para intentar
imponer respeto, lo cual no funcionó porque ella sonrió.
-Me llamo Carmen-le tendió
la mano.
-Yo Felipe-dijo él
tomándosela. Su mano era muy suave.
-Vine a dar un paseo, me
dijeron que por aquí se estaría bien y que a la señora Tomasa le sentaría estar
aquí un momento.
Cuando se refirió a la
Señora Tomasa alzó la planta que llevaba consigo.
-Y si sólo vienes a
inspeccionar el lugar-continuó Carmen-, te dejo porque yo tengo que terminar mi
paseo. Espero verte por aquí, Felipe.
Ella comenzó a caminar de
nuevo.
-Sí…-contestó el chico muy
ensimismado-. Hasta pronto, creo.
Cuando vio que ella se alejó
bastante se quedó un segundo parado observando el mar.
-Qué cosas tan raras admira
uno por estos lugares.
Concluyó al fin y comenzó a
caminar a la casa donde se estaba quedando.
***
Estoy muy contenta porque hace mucho mucho tiempo que no tenía clara una historia que llegara a redacción, ésta quedó después de un mes. Y no sé cuándo subiré las continuaciones (espero que pronto).
Disculpen el título, si tardé más de seis meses para escribir algo que me imaginaba, tardaré mucho más en asignarle un buen encabezado.
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