Andrés

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Todo era igual, la misma hora, el mismo lugar, los mismos “nosotros”, a excepción del helado que tenía en la mano derecha, sabor a chongos y un poco de maquillaje, porque sentía que nada me detendría esta vez. Con un libro de pasta dura color gris, caminaba al son del ruido que surgía de las hojas de los árboles. Y enfrente estaba él… con un lápiz más pequeño que mi dedo pulgar.

No había encontrado excusa más formidable para salirme de casa a pasear, ni para irme temprano de la escuela hasta que una tarde lo vi semi-acostado en una banca con un lápiz mordisqueado, un blog de dibujo y un boceto de unos niños jugando. No era la mujer más sociable, pero él tampoco llamaba la atención por eso, ni por lo guapo que, minutos más tarde me daría cuenta que era.

Tomé lugar a su lado, con uno de los libros que tenía para lectura personal, estaba decidiendo ponerme los audífonos cuando el rozar del carbón con la hoja de papel hizo un fondo espectacular… no pasé muchas páginas cuando decidió sentarse como una persona normal y volteó a verme.

--Eh… ¿oye?--dijo acercando su voz ronca, pero tan suave que hasta creía que tenía alguna textura exótica.

--¿Qué?--contesté volteando a verlo. Me arrepentí, porque de seguro vio mi cara de estúpida al ver la barba café que le rodeaba, los ojos del mismo color y unas pestañas medianas que hacían un resalte en ese rostro blanco. Sí, mi cara fue de tonta… pero la suya no era menor.

--Mhm…--se quedó congelado y alzó el dibujo--. ¿Crees que esto se parece a lo que está aquí?--, apuntó a los niños.

Y es que sí se parecía.

--No soy buena crítica… digo, para que me guste mucho una pésima producción como lo es “The day after tomorrow”… te imaginarás--, dije sin dejar de mirarlo, porque ¡carajo!, ¡qué guapo era!

Comenzó a reír.

--Me basta con tu crítica… ¿crees que se parece?

--Sí, me gusta--sonreí y me puse de pie.

El sonrió y regresó su vista al dibujo, que con calma, creo que terminó.

Después de aquel día, no faltaba ninguna tarde a verlo dibujar lo que fuera… y me iba imaginando que él tampoco faltaba a mi perfil de lectura.

--Azul--dijo uno de esos días mientras terminaba de colorear una hoja en aquel papel.

--¿Qué?--lo miré.

--El azul es mi color favorito, me gusta hablar, trabajo en un café y…--me miró--, estoy soltero.

Todo se fue al carajo, estaba soltero y si quería podría aventarme directo a su boca y no dejar de besarlo.

--Ah…--pude contestar--. A mí me gusta también el azul, odio las rosas… me gustan los girasoles, me gustan mucho. No trabajo, me da miedo y el café me gusta.

Continué leyendo, para mi sorpresa él no dibujó.

--¿Y…?--me invitó a que siguiera.

--Y… mi sabor favorito en la nieve es la vainilla.

--No era eso lo que espero que digas…--todo era enserio, porque volteó a verme.

--Y… estoy soltera.

Sonrió y tocó mi barbilla para continuar dibujando.

--Me llamo Andrés.

No sé lo que empezó a ser, pero ciertamente nos gustábamos, y también supimos de nuestros gustos lentamente, como que su nieve favorita era la de chongos, cosa que yo detestaba, y que odiaba la jamaica. Él sabía que me gustaba los chicos barbones y le hacía gracia entonces traer la suya en ese instante, así como detectaba un trauma con los libros, por lo que pasados 6 meses, él me regaló el libro que ahora llevaba en la mano.

Y entonces caminaba ya como si nada al mismo lugar, donde estaba él… barbón y serio.

--Hola—le dije.

--Buenas tardes, señorita de castillos lejanos—contesto, sin dejar de dibujar.

--¿Qué clase de monólogo haces?—me reí.

--Ninguno, dijiste que te gustaban las cosas de antes, ¿no? Intenté leer a Alejandro Dumas ayer—volteó a mirarme--, lo siento, nena, no pude continuar. Aunque creo que se me pegaron algunos modales de los reyes de Francia, ¿eh?

--Eres pésimo, Andrés—comencé a decir--, yo no puedo impresionarte, mis dotes en dibujo son tan malos… como lo soy en canto.

Comenzó a reír.

--Eres pésima, nena.

--Te traje una nieve de chongos.

--Bueno, me impresionas.

Sonreí y se la di lista para sentarme a leer, era un libro extraordinario de caballeros de la época de no-sé-qué-personaje me había dicho Andrés.

--Espera… quiero que me digas qué te parece esto—dijo tentando a la suerte de  interrumpirme al leer.

Sacó de en medio de su blog de notas un dibujo, no, bueno sí, un retratro hecho por él de mí… mi rostro era idéntico tenía un libro en las manos y leía detenidamente.

--Guau—fue lo único que atine a decir y al parecer le gustó.

--Creí que esta sería una forma original de decirte que me enamoré de ti.

--¿Qué?—mi cara era la misma a la del primer momento que lo vi.

--Sí… que creo que me enamoré… me complementas, me complementas de una manera casi enfermiza. Me gusta estar a tu lado, eres una compañía de maravilla y tengo ganas de besarte.

--Es que esto…-saqué un papelito finamente doblado y se lo entregué.

Decía así:

“Creo que estoy enamorada, porque no necesito un fondo de música al escuchar el lápiz sobre el papel dominado por ti”.

Sonrió y me miró.

--No esperaba menos de ti—se acercó un poco--¿Y?

--Y… me gustó el libro que me regalaste.

No esperó nada más y me dio un beso.


Nuestro primer beso.

***

Gracias por sus cinco mil visitas. 

1 comentario:

  1. *muere lentamente de amor* jakajaksjasajas quiero un libro tuyo ahora! xD loveu clona :*

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