Estaba
sentada en el húmedo suelo de los bosques de roble en invierno, recargada en
uno de los árboles, escuchándolo todo y a la vez nada, cuando de pronto escuché
sus pasos no muy lejos, y la música que traía a todo volumen. Miré hacia esa
dirección y no me equivocaba, al toparme con su mirada él sonrió y yo también.
-Haces
mal en venir aquí sola-dijo negando con la cabeza en forma de regaño.
-¿Qué
me puede pasar? El ser humano suele huir de estos lugares.
-Los
humanos no me preocupan, los animales sí.
-¡Qué
va! Mejor témele a los de tu especie.
Le
pegué al suelo, a mi lado, con intención de que se sentara, lo hizo y tomó una
de mis galletas, me miró de nuevo; me derretí por 6 segundos que parecieron una
eternidad.
Sus
ojos eran cafés, pero eran inmensos, me perdía en ellos siempre que los miraba;
su boca, delgada pero expresiva, se movía acorde masticaba con una sonrisilla
picara que, sin querer, siempre hacía cuando estaba conmigo, ¿me provocaba?
¿Sabía que me gustaba?
-¿Qué?-me
sacó de mi hipnotismo con esa pregunta-, ¿tengo algo en la cara?
-No-negué
con mi mano y miré para el frente, lleno de árboles y poco sol, sin sol… sin
querer, mi mente hizo que de pronto me diera frío.
Puse
mis manos sobre los brazos y los froté para calentarme, él lo notó y comenzó a
desvestirse; entré en pánico.
-¿Qué
haces?-mis ojos eran unos platos planos de tanto que los abrí.
-Pues
te doy mi sudadera-sonrió-tienes frío, yo calor. Perfecto, ¿no crees?
Volvió
a sonreír, era seguro, me provocaba, al quitarse la sudadera me percaté de que,
no tenía nada de bajo y eso me hizo ver su piel blanca, no como la nieve, no
era flaco, pero no estaba gordo, estaba bien, como a mí me gustaban… como a mí…
Las
ideas se me fueron, sólo fui capaz de ver su pecho, su espalda después y
entonces su clavícula se marcó en él y dejé salir un suspiro, volvió a sonreír
como si supiera todo lo que pasaba por mi mente en ese instante.
-Toma-me
tendió su sudadera.
-Gracias-,
la tomé y miré hacia abajo y me la puse luego, luego.
Estaba
nerviosa y no sabía si podía soportar todo ese rato con él así, sin nada que le
cubriera el pecho, era atractivo y yo una estúpida que parecía muy adolescente.
“Al menos” pensé “huele muy rico”.
-¿Escuchamos
música?-preguntó sacándome de todos mis pensamientos.
-Pues
claro-fingí un acento español que no sé ni de dónde me salió.
El
soltó una carcajada armoniosa con los pájaros. ¿Armoniosa? Qué demonios…
-“Pues
claro”-me imitó-, ¿qué te pasa? Estás nerviosa…
Alzó
una ceja y se acercó más hasta que sus piernas chocaron con las mías.
¡Mieeeeeeeerda!
¡Sabía lo que hacía! ¡Me estaba provocando de una manera que a mi corazón le
gustaba, que a mi piel le gustaba! Aunque estuviera debajo de toda esa
mezclilla.
-Nada,
quiero escuchar música y comer galletas y ya-conteste palabra sobre palabra sin
mirarlo.
-Va…-dijo
dándome un audífono-esto es lo más nuevo de una banda que escuché ayer.
“My
Little ponny” Stars, sonó, me gusto, y cerré los ojos… todo me movía y me
dejaba quieta, quieta a su lado, al lado del chico atractivo sin camisa que
estaba acostado a mi lado, respirando, escuchando lo que yo y sin querer
levanté mis manos y las movía para ver cómo se veían acorde a los árboles, a las
pocas nubes que se dejaban ver.
Sonreí.
De
pronto sus manos se encontraron con las mías y las tomó, sonrió y entonces
pronunció tan delicadamente las palabras.
-Me
gustas.
-¿Enserio?-la
pregunta salió de mis labios automáticamente.
-Sí-sonrió
más.
-Tú
me gustas también.
Y
entonces comenzamos a reírnos sin dejar de tomarnos las manos.
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