Atardecer

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El viento movió mi pelo en suaves oleadas a través del puente, con una brisa del río al chocar con las rocas; el atardecer hacía las cosas más pronunciadas, como si corrieran todos a su casa a refugiarse de la amarga noche, cual cuento de terror donde el toque de queda es a las 7 con el horario original del mundo, en alguna aldea terrorífica de Europa, pero para nosotros no, el atardecer era la última oportunidad del día para hacer lo que fuera.

-Volar papalotes-dijo un día comiendo manzana.

-Brincar en charcos-dije yo otro día comiendo galletas de avena.

Ahora estábamos arriba de un puente, sentados en medio del silencio.

-¿Qué hubiera sido de nosotros en una época pasada?

Su pregunta me hizo reflexionar segundos.

-No sé-le di un sorbo a mi jugo-, tendría que casarme con alguien desagradable a los 17 años, limpiar y tener crías como un conejo. Lavar, hacer de comer y arreglarme para cada luna de miel.

-Los esposos sólo tienen una luna de miel, tonta-dijo él comiendo un pedazo de lechuga.

-Quiero hacer los siglos pasados más románticos-lo miré-, quizá nos hubieran casado.

-¿Casado? ¿Juntos? ¡Ya lo creo que no! Me volvería loco al lado de una mujer como tú: neurótica e inteligente.

Sonreí, más que una ofensa sabía que lo decía como un halago, me gustaba la manera insistente en que sabía decir las cosas, tenía ese “no sé qué” que llamaba mi atención hasta hacerme perder el sueño.

-Estarías tan enamorado de mí que no te importaría mi inteligencia, como a mí no me importaría la tuya.

Él sonrió.

Todo quedó en silencio no incómodo, donde se escuchaba el caminar del sol, avisando que iba a dormir por, quizá, 12 horas, era mi tiempo favorito en el día, el último suspiro de su luz. Tenía el potencial de saber cuándo irme para no morir de miedo en la calle. Me puse de pie, tomé mi comida y le di un beso en la mejilla.


Corrí a mi casa a medio morir con una sonrisa en los labios. 

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