Viernes

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“Fue cuando comprendí que no se necesitaba más de un muchacho leyendo un libro naranja para admirar un bello paisaje”.

Parada en donde muchos autores catalogan como un no lugar, generador de recuerdos, de esos malos o buenos, lo cuales muchas veces es mejor no invocar porque duele en lo más profundo del esófago y aunque es mejor asignarles un nombre más propio y visible como esos espacios de paso; quieta pues en la parada del autobús, meneando la cabeza al ritmo de la música que escuchaba a todo volumen para evitar darme cuenta del deterioro social existente en el ambiente. Sin prisa se siente la corrupción, engaño y tristeza, pero así mismo el viento.

Ése que mueve, despeina o hace reír cuando, en medio del camino y sin previo aviso, ostenta con levantar la falda, llena de partículas de polvo o hace que se estrellen miles de hojas de árbol, las débiles. Así, estática, recordaba aquella vez en un columpio, siendo tarde, al final de la calle se escuchaba un enfiestado grupo cantando alguna canción al son del trío que habían contratado; borrachos se reían, ¿de qué? ¿De quién? De ellos. Y así mismo, nos columpiábamos sin ningún tapujo ni zapatos, sintiendo el frío… sintiéndolo desde la raíz sin parar.

Y entonces pasó ese medio de transporte ineficiente que sirve como un flujo para movilizarnos dentro de un espacio. Y era nuevo. Y era amplio. Sin ninguna prisa, pues la hora no pronosticaba nada más que calma, me senté en un asiento de la parte de atrás, justo en la ventana. Con el cielo azul miré por ella a aquella acera donde alguna vez pasé de la mano con alguien especial. Sonreí. Saqué un libro e intenté leer, pero esa manía enseñada por un tutor de leer el paisaje impide la objetividad hacia la lectura.

Viendo cómo infraestructura, colocada en lugares estratégicos (aunque no lo veamos ni lo sepamos) gracias a la superestructura combinaba colores tan exóticos en donde la arquitectura se mira encantadora. Pocas son las casas con flores en las ventanas, ninguna de ellas abierta; miro las páginas del libro para evitar analizar la inseguridad y me ofusco por una pequeña frase, precisa y devastadora: “las cosas bellas son perecederas y los buenos tiempos jamás son de larga duración” (Hesse, 1927) y quién sabe si tenga razón.


Es ahora en un ambiente con filtros de atardecer, aroma a naranja a medio pelar, los fríos pies signos de una casa a la que no le pega el sol miro, descansada cómo el viento, de nuevo, mueve las hojas de un árbol lleno de significados: niños arriba, jugando en su frágil estructura, los mismo intentando hacer un columpio, misión imposible. El mismo puesto ahí con objeto de diversión, algo inigualable, que como el espacio, es testigo fiel de un pasado, actor del presente y esperanza del futuro. 

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