(El bonito ejemplar que tengo en mis manos)
No sé qué tan apropiado sea que regrese a desempolvar el blog con una entrada de este tipo y más siendo una persona que se reivindica, pero creo que es parte del ejercicio de superación en el que me encuentro actualmente (que no es nada sencillo desde mi perspectiva); así que pensé "va" porque para esto cree este espacio virtual en 2011, para reflexionar de lo que se me diera la gana. Y muchos podrían estar pensando cosas como "Dani, teniendo cosas más importantes qué redactar haces esto". Y tienen razón, pero la idea me ha estado dando vueltas durante toda la tarde y prefiero dejarla fluir.
La historia comienza desde la FIL 2016, donde gloriosamente tuve los medios para comprar los libros que quise, no obstante, y como aseguro que a la mayoría de lectores le pasa creo que compramos muchos más libros de los que estamos dispuestos a leer, entonces comienzan a apilarse un sinfín de ejemplares que duran ahí, no sé, regularmente año y medio (en mi caso es verdad). Así que harta de mi situación desorganizada decidí colocar un post it con un número en cada uno para asegurarme de saber cuál iba a leer después de terminar uno, todo por orden en que los conseguí y al parecer funcionó muy bien.
Una vez instaurado mi sistema, comencé con los libros más lejanos, hasta el día de hoy que di por concluido a uno de ellos; mareada como cualquiera al terminar una buena historia, perpleja con los sentimientos que el autor le hace nacer a uno en esas historias que se apropian de nosotros, cerré sus páginas, le di un pequeño abrazo y caminé hacia la mesa -antigua para coser, reliquia familiar, tenía que decirlo- donde coloco todos aquellos que son nuevos para asegurarme de con cuál debía continuar. La sorpresa fue algo extraña, pero encantadora, seguía mis queridos lectores, amigos, compañeros, amores, "Lo que el viento se llevó" de Margaret Mitchell, lo cual me hace abrir un paréntesis para contarles la historia de ese bellísimo ejemplar.
*abro paréntesis*
Era un, aún muy cercano en mis recuerdos, 2015 cuando sentada en el sofá de la casa me encontraba hablando con una persona que en ese entonces yo quería -sí, querer, sin pleonasmos, un sentimiento puro y al parecer muy profundo- cuando de repente comencé a escuchar a mi mamá quejarse al mover algunas cosas en una de las habitaciones, quejas para nada alarmantes, lo cual me permitió seguir entretenida en lo mío hasta que escuché un ligero pero potente "Miira, Daniela, ven". Me paré, caminé descalza por el pasillo hasta entrar a lo que en mi familia se conoce como "el cuartito" y ahí estaba ella, detrás de una caja de cartón que contenía ciertas chucherías poco importantes, cargando un libro algo gordo, color tinto de pasta dura.
"Qué es eso" pregunté al mismo tiempo que estiraba el brazo para tomarlo. Resultaba bonito, pero más bonito fue lo que vi, pues era el mismísimo libro de Margaret Mitchell; mis ojos se agrandaron, di pequeños saltitos hasta que por fin toda la emoción concentrada en mi estómago salió en forma de grito. Dicho libro, cabe mencionar, no es sólo un libro, era el libro favorito de mi abuela y el hecho de poder tener SU libro abría muchas posibilidades.
*cierro paréntesis*
Después de año y medio de ese descubrimiento comenzaré con una historia que tuvo a mi abue intrigada con una vela en su baño muchas noches; a pesar de lo romántico que suena, me gustaría decir que ello me hace repensar muchas cosas. He visto que las personas se pelean por cosas efímeras como un testamento y quizá sólo sea estupidez mía pensar que es muy tonto porque me hace falta madurar, pero lo juro, he visto cómo una persona renuncia a un recuerdo por cosas banales. Lo dice una persona marcada por otra persona, con un recuerdo que está costando mucho enmarcar como eso: un recuerdo.
Y a pesar de que se lea fatalista, no lo es, justo una tía el jueves me decía que dejara en paz cosas que se han marchado -como mi nonna- y siguiera adelante y creo que es uno de los mejores consejos que me han dado y al saber que ahora comienzo su libro favorito me hace creer que, aunque muchos lo crean, fue la mejor herencia que me pudo dejar, un pedazo de papel y cartón con letras grabadas en máquina de escribir. Y me hace pensar que al leerlo, la vivo a ella, pero también la dejo.

0 comentarios:
Publicar un comentario