Como geógrafa (tenía
que comenzar así) y durante mi educación básica dentro de la disciplina –y al
menos en Jalisco- se mencionan, desde siempre, dos dicotomías importantes:
ciudad-campo y centro-periferia, existen por eso un sinfín de investigaciones y
artículos que describen a cada uno y, me pesa decirlo, sobre ponen a
determinado espacio sobre otro y si uno es lo suficientemente tonto –como yo-
va a establecer una jerarquía (y generalmente la ciudad domina sobre
el campo y el centro sobre la periferia, porque históricamente el proceso de
globalización –llamemoslo así- ha creado estos escenarios).
Pero no vengo a
hablarles o explicarles algo que ya está escrito y de lo cual existe muchísima
bibliografía. El meollo de esta entrada es relatar cómo me ha tocado vivir uno
de los espacios que juré intentaría evitar a toda costa (por sus problemáticas
territoriales) y con el que terminé interactuando de todas maneras. Las últimas
semanas por motivos diversos he tenido que estar constantemente en movimiento a
través de la periferia de mi ciudad, quizá para muchos ese lugar en específico
es monótono porque o deben cruzarlo para llegar a su hogar o bien viven justo
ahí.
Se entiende como ésta
al lugar que, en antaño, marcaba una delimitación al crecimiento urbano, pero
como sabemos este maldito monstruo no tiene delimitación alguna, así que
terminó siendo algo emblemático y conocido como lo que alguna vez intentó
frenar un proceso y terminó arrastrado por el mismo. Además de este
significado, le damos a la periferia su ambigüedad, debido a que es entendida
también como una posición que se le asigna a los países subdesarrollados –en vías
de desarrollo, pobres o tercermundistas (quesque esto ya no existe desde que
desapareció la Unión Soviética, pero me importa un carajo)-. Es importante
destacar ambos significados debido a que sólo me refiero al primero, no al
último.
Prosigo, entonces, con
mi experiencia en la misma. Repito: para muchos este lugar forma parte de su
cotidianidad, pero deben entender lo siguiente yo no convivía con periferia.
Provengo de una familia a la que, no sé por qué razón, siempre le ha gustado
posicionarse en el centro de la ciudad y por más que huyeran de él terminaban
localizados en el mismo (por ejemplo, mi abuela materna se crió toda su vida en
lo que por mucho tiempo fue el pueblo de Tlaquepaque, hasta que la ciudad misma
terminó aunando al municipio a la zona metropolitana y aún peor: es ahora un
lugar céntrico) por ello, mi interacción con “las orillas” de la ciudad fueron
pocas y efímeras.
Una vez que la burbuja
de sobreprotección en la que me guardaban tronó, dicho comportamiento no cambió
del todo, todas mis actividades estaban dentro del centro de la ciudad y fue
aún peor cuando comenzamos a estudiar el tema centro-periferia. Y podría
resumir este conocimiento previo en lo siguiente, centro: comodidades, poco
desplazamiento, poca gente, comercio, historia, arquitectura; periferia: todo
lo malo en la vida.
La cosa fue la manera
en la que estructuré el concepto en mi mente y los lugares a los que me
asociaban con la periferia (no hace más de un año tuvimos que ir a
fraccionamientos de interés social para estudiar y analizar las problemáticas
que vivían día con día; experiencia que no sólo te pone los pelos de punta sino
que te hace ser demasiado empático, más de lo que desearías) sin pensar
previamente que éstos quedan muchísimo más allá de lo que la periferia en sí.
La primera vez que tuve
un acercamiento con la misma fue de carácter teórico debido a la investigación
que comencé, en esta por fuerza se asociaba a la periferia con procesos
delictivos por ser “poco observada” por los núcleos de poder, es decir,
representaban un territorio independiente que marcaba sus propias reglas y
delimitaciones y aunque me podrán decir “Dani, eso pasa también en el centro”,
el comportamiento se realzaba más en estos lugares.
Y como mi mente suicida
no tiene límites un “por qué no” no me dejó descansar con el afán de ir hacia
esos lugares a comprobar si lo que decían era cierto. Repito: fue un
acercamiento teórico porque nadie, ni mi razón misma, me permitieron ir. Pero
fue un rayito de luz que clamaba –yo lo escuchaba claramente- “hey, somos
lugares, existimos y somos más interesantes de lo que tú crees”. Y aunque
estuvieran mintiendo, la verdad es que me conquistaron.
Creo que vuelvo al
punto central, porque como es costumbre, me desvié. Las últimas semanas he
tenido que convivir con un tramo del periférico que pertenece a mi estado, el
encanto que tiene éste proviene de su desorganización. Su comportamiento es
realmente diferente y único, crea un paisaje que termina siendo la mezcolanza
de construcción urbana y cascajos de naturaleza (SEGUNDA NATURALEZA, NATURA
NATURATA) y eso, pésele a quien le pese termina siendo bonito. No es un
monstruo devastador al que hay que temerle, al contrario, debería entenderse
como una creatura que terminó siendo domesticada por el verdadero proceso y que
a pesar de las malas lenguas que de ella se habla es, en conclusión, un símbolo
significativo de los lugares. El hito por excelencia de cualquier urbe.
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