Multiplicidad de cotidianidades

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A veces olvido lo poco que duran los momentos y me ahogo en intrascendencias que en un futuro no tendrán peso para mí. 

Recuerdo cuando mi cotidianidad era esperar al señor de la fruta que iba todos los jueves a la privada donde vivíamos para comprar las verduras y frutas que mi abue necesitaba para la casa si ella no estaba, ayer en el mercado recordaba que pedía tres kilos de naranja para tener la suficiente para hacernos en el desayuno.

Y esa cotidianidad se fue. 

Mientras pedía dos tacos de birria recordé cómo es que en la universidad iba a los tacos de barbacoa cuando estaban al 2x1 y me comía cuatro. Despertaba a las 4:30 am y mi mamá me acompañaba hasta la mitad del camino para tomar el camión a las 5:30, lo demás lo recorría con miedo y justificación: me habían ya acosado dos veces. 

Y esa cotidianidad ya no me supera.

Hoy mientras hacía ejercicio un rayo de luz topó mi cara y recordé el ventanal tan grande (era grande para mí) que tenía mientras viví en La Piedad. Se veía cerro grande y no pocas veces presencié un lindo atardecer mientras leía y escribía ciencia social una y otra vez.

Y esa cotidianidad ya no está. 

Durante el baño tuve miedo al saber con certeza que la cotidianidad que ahora vivo no tarda en cambiar y con ello mucha gente se irá. Como cuando tamizas la tierra y solo las rocas más grandes se quedan. Y quiero y necesito que algunas de ellas se queden, ¿cómo hacer para detener el fluir del agua? La impotencia de no hacer que una ola se quede es lo que ahora siento, lo único que queda es observar y disfrutar.

Porque esta cotidianidad se irá...

... pero vendrá otra.

Dejar ir los momentos que duran una fracción de segundo es entender que no se puede sufrir todo el tiempo por melancolías. Aquellas que se quedan son tesoros que estoy dispuesta a guardar y pulir para que brillen como esas nuevas cosas que se avecinan. Lo demás es irrelevante para el camino. 





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