Madrugadas enteras

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Era muy temprano –o muy tarde- ya, cuando estábamos sentados, desnudos, mirándonos el uno al otro, la música era tranquila y la luz de la luna iluminaba el cuarto; no necesitábamos la luz.

Acariciaba su barba abrazada de él, después de hacer el amor era el escenario perfecto.

-Pon algo de música-le dije a él mientras mi aliento chocaba con su piel.

-¿No estás cansada ya?-su voz grave hacía que mi piel se enchinara.

-No-contesté.

Renegó pero al final accedió y se despegó de mí un segundo, después volvió. Comenzó a sonar la canción.

-Quiero vivir junto a ti, quiero morir junto a ti, quiero perderme por ti y no dejarnos jamás, quiero largarme de aquí…-comencé a cantar.

-¿Quieres irte de mi casa?-rió-Nena, es muy tarde ya.

-Cállate, déjame cantar-tomé aire y continué- y no volver nunca más y no poder regresar los dos a este lugar…

Me acerqué y encontré sus labios en medio de la oscuridad y lo besé, lo besé como si apenas lo conociese, fue dulce, suave y apasionado, sonrió pero continuó sin parar, abrazó mi cuerpo y me pegó más a él.

Lo tomé con fuerza y lo atraje a mí, nos acostamos y cuando estábamos a punto de empezar… me reí.

-¿Qué pasa?-apartó sus labios de los míos.

-No-acaricié su rostro, su pecho, lo miré a los ojos-no pasa nada.

Tomó mi mejilla y volvió a besarme, mordió mis labios, sentí su calor y él rió.

-¿Qué pasa?-lo miré de nuevo.

-Que te amo… ¿qué hago?

Mi mirada se volvió sombría.

-¿Qué haces?

-Sí, ¿qué hago con este amor que me abruma y me da miedo? Le temo pues ya no sé vivir sin ti, sin tu ingenio, sin tu belleza tanto interna como externa, sin tu cuerpo, sin tus besos, sin tus caricias. Te necesito.

Suspiré sin saber que decir.

-Para…-le dije.

-Sólo necesito que me digas que no me dejarás-acarició mis labios.

-No lo sé, todo cambia en un segundo. Vive el hoy conmigo… no digas otra cosa.

-Te amo-se acomodó entre mis piernas, sentí su piel y me estremecí, beso mi cuello.

-Te amo-dije en un susurro-te amo…

Lo atraje a mis labios y entonces… lo sentí en mí. Ya todo era de otro mundo, estaba en mí y yo en él. Comencé a apretarle la espalda, después gritaba sin querer y entonces él también apretó mi mano, gimió y terminamos.

-Te amo-besó mi frente.

-Deja de decirlo tanto-le reprimí- muchas veces no es cierto.

Besé su barbilla y acaricié su pecho.

-Duerme que yo te lo diré hasta mañana-fue lo último que dije antes de que me abrigara con la colcha.

Y nos consumiera la noche, el sueño y el cansancio.

1 comentario:

  1. Ay mana deveras... Si tuviera esa facilidad de escribir sobre el amor como tú lo haces, mis historias serán otra cosa. :')

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