Siempre,
aunque creas que no, tomarás la decisión correcta para ti, porque en ese
momento no te arrepientes.
-¿Te
sientes mal?- me preguntó mirándome a los ojos.
-No-contesté
mirándolo igual.
-Déjalo-escupió.
-Lo
quiero-le dije ignorando su comentario.
Hubo
un silencio incómodo donde él –pues no quería dejar de hablar, sino acomodar
sus ideas- miraba al cielo.
-¿Y
me quieres a mí?
-No
empecemos, Marco.
Hubo
otro silencio menos incómodo en el que nos miramos de nuevo.
-Yo
te quiero, Ana. No puedo permitir que ese idiota te haga daño.
-Así
es el amor-sonreí con tristeza.
-Sí,
pero ya se sobrepasó, no puede hacerte sufrir… ¿te he dicho qué haría si fueras
mi novia?
-¡Marco!-le
dije ya irritada.
-Contéstame.
-Lo
has dicho infinidad de veces, entiende que no quiero ser tu novia, te lo he
dicho bien, eres un hombre guapo, amable, ¡eres divino! ¡Yo te adoro! Pero
sabes que hay algo que me impide ser tuya.
-Pero
no descartas la idea. Estás confundida, es todo.
Lo
miré con odio, suspiré y él se puso de pie.
-No
estoy confundida.
-Pues
te dejaré así…
Antes
de preguntar por qué me dejaría así sentí sus manos frías en mis mejillas y sus
labios suaves en los míos. Mi cuerpo tembló y mi corazón aceleró, tal vez él
tenía razón.
0 comentarios:
Publicar un comentario