Estaba
masticando un chicle con mi sabor favorito: vainilla con relleno de menta, colgaba
mis pies en la banca de cemento, hacía eso muy poco en las banquitas porque mis
piernas eran largas y alcanzaban a tocar el suelo sin ningún problema, así que
cuando ocurría eso de no poder alcanzarlo, las mecía como si no hubiera un
mañana.
En
la mano derecha llevaba un libro con 1ra edición en 1970, antiquísimo y
amarillento, tenía una pasta color verde. Era afortunada de haberlo encontrado,
ahora sólo llevaba un moño, dando entender que era un regalo.
En
la izquierda sólo mi boleto del tren y dos chicles más.
-¡Hola!-llegó
por detrás con una grande sonrisa. Llevaba botas de lluvia, negras
completamente y un paraguas que escondió en su mochila.
-¡Hola!-le
dije y me puse de pie; me entristeció el hecho de no seguir colgando mis pies
ahí.
Miro
con recelo mis botas (de lluvia también, pero estas tenían flores) y mi
paraguas de plástico con formas geométricas color amarillo, rojo y azul rey.
-¿Qué
hacías ahí?-apuntó la banca de cemento.
-Veía-
¿qué veía?-, supongo que el paisaje urbano.
-Eres
algo excéntrica-tomó mi mano y comenzó a caminar, no sé si eso era un cumplido
o un insulto, de igual manera lo ignoré.
Pasamos
por una avenida de no-sé-qué-nombre y nos detuvimos en un parque. Le di el
libro, el cual agradeció porque “llevaba
meses buscándolo”, dijo con la cara bañada en alegría.
Caminamos
más, empezó a llover y abrimos los dos el paraguas (el de plástico y el que él
traía finamente doblado –de bolsillo, pues-). Brincamos charcos y concluimos
con un café (él) y un chocolate
caliente con bombones (yo) en la
misma banca de cemento donde podía columpiar mis pies, viendo “suponíamos” el
paisaje urbano.
“Creo, quizá…”, decía una voz en mi cabeza mientras
soñaba.
“¿Qué?”, me escuchaba contestar.
“Cómo le das ese colorcito
que le hace falta”, y
después, no sé a qué hora quedé tan dormida que ni soñar funcionó.
0 comentarios:
Publicar un comentario