Pasiones hechas

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La tarde era lluviosa, era una cálida briza no muy fuerte pero sí abundante. La calle niños héroes dejaba mucho qué desear en esos tiempos tan llenos de humedad.

-En la antigüedad-continuaba él después de una larga tarde relatando todo lo que sabía de la historia-. Esta calle era mejor sin tuberías, se vivía bien, pero con las nuevas modernidades todo se fue al carajo.

Ella escuchaba atenta todo lo que había relatado el chico, parecía casi estar a punto de anotar en una libreta para no olvidarlo. Estaban a punto de volver a casa, cada uno por su lado cuando la lluvia aceleró su paso y el agua nubló la vista de ambos.

-Creo que la evolución no nos ayudó mucho en esta ocasión-dijo Dé cubriéndose con una mano.

Dan comenzó a reírse, y no es que fuera realmente chistoso el comentario, sino, la manía que ella tenía de querer tapar con una mano todo su cuerpo. Él intentó no entrar en pánico –pues las lluvias no le gustaban en absoluto-, pero necesitaba más tiempo, más tiempo con ella.

-Será imposible que lleguemos siquiera a la parada del camión a salvo. Y puedes hundirte en cualquier parte-contestó a sus pensamientos.

-¿Estás queriéndome decir…?-Dé continuó con la mano sobre su cabeza.

-Que te invito un café. Sirve que la lluvia cesa-, Dan, por muy nervioso que estuviera no perdería la oportunidad de estar cerca de ella.

Dé lo miró con ojos llenos de energía –y cierta alegría, que, después de dos meses, aún no aceptaba-.

-Está bien-dijo ella caminando para un extremo de la calle-. Llévame.

Le extendió la mano y él la tomó, era como estar volando, pensaba, aunque en realidad, Dan era el que la guiaba.

El café era bonito, era ese tipo de lugar en el que la época del diseño te pierde. Los adornos eran reciclados, y el toque era muy antiguo, tenía libros y mesas redondas con un florero azul en el centro de la mesa. Las sillas eran azules también y tenían un cojín con flores bordadas. Había merecido la pena correr esas 5 cuadras cuesta abajo para escapar del agua y para entrar a ese lugar.

-Quiero un capuchino con vainilla-le dijo Dé a la camarera con una sonrisa en esa empapada cara.

-Yo un capuchino sin azúcar-Dan era así, seco y sin dulzura, pero guapo e interesante según ella.

Les trajeron el café y bebieron un sorbo cada uno.

-Me gusta caminar en la lluvia ¿sabes? Es como si te avientas de un acantilado, son cosas que te hacen sentir vivo.

-A mí no-dijo Dan mirándola a los ojos-. Espero que no pienses que soy un amargado que parece anciano, pero desde niño, nunca me ha gustado la lluvia. Era demasiado traumante el hecho de pensar que eran los orines de unos ángeles que ni siquiera conocía.

Dé se echó a reír.

-La lluvia es debido a la evaporización del agua en la tierra, después de un calor potente, aunque un profesor una vez dijo que también puede ser porque el frío atrae humedad.

Ahora Dan es el que reír, se había olvidado por completo en todo el día que Dé era una muchacha como él que estudiaba algo raro que la gente no comprendía. Y como él, aunque no era experta en la materia, era buena.

-¿Te apasiona lo que haces, verdad?-le preguntó a la chica que tomaba más café.

-En lo absoluto-sonrió-. ¿Y a ti?

-También-contestó Dan-. Me gusta también, el hecho de que a 
personas como tú les apasione lo que hacen.

-Sí… como hablar alemán-Dé lo miró esperando su reacción que fue instantánea, por su puesto.

-Quizá por esa pasión…-Dan se acercó un poco-dos pasiones se unieron.


Erizados los bellos del brazo, Dé le otorgó un pequeño beso en la frente con lo que los dos quedaron satisfechos, tomando café, bajo la lluvia, pero juntos, muy juntos.

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