Me
subí con un libro y un café en la misma mano, pagué el cargo que cobran por
transportarte de un lugar a otro, sobreviví al primer arrancón del camión, pero
no sabía si resistiría parada, no sé si sea este el único país donde los
camiones parecen más un frasco de sardina que un vaivén que te lleva a todos
lados, siempre creí que eso sería cómodo, no como en ese momento me presentaba.
El
segundo defecto de este maravilloso medio es la gente; pues existe de todo
tipo: la que no te hace en el mundo, la que te hace en el mundo y por último la
gente boba que sólo te enfada con el hecho de dejar de hacer lo que hace por
mirarte.
¿Tenía
mal el delineador? Un momento, no me había maquillado gracias a una infección
en los ojos que podía más conmigo que yo misma. ¿Se me veían las bragas? ¡NO!
La blusa que traía era tan larga que no se llegaba a ver el comienzo de los
pantalones, ¿entonces? ¿Qué en mí ha llamado la atención de, por ejemplo, esa
mujer que se estaba poniendo –inapropiadamente si puedo agregar- el rímel? No
tengo ni una puta idea.
Gracias
a todos los seres en los que ustedes pueden creer o no, (o quizá sólo crean en
la gran inteligencia de Isaac Newton), no tardó mucho tiempo en desocuparse un
lugar y en tomarlo yo. Sentarse era quitarse el pedo de las miradas y sobre
todo el del café y mi libro en una sola mano, de ahí todo fue mejorando: comencé
las primeras páginas de un libro que ya tenía tiempo queriendo leer y gracias a
que en mi escuela se ha presentado algo así como un “mercado de libros” me fue
tan fácil conseguirlo, le daba un traguito a mi café y veía el cielo demasiado
oscuro y tembloroso, porque sí, para cerrar con broche de oro mi estancia en el
camión, estaba lloviendo.
Cuando
el camionsito se acercaba al final de su ruta comprobé que afuera había ese
tipo “chipi-chipi” castroso, así que saqué mi impermeable, guardé mi libro y
salí a la calle, para encontrarme con la segunda aventura del día: el metro.
Pero esa, esa ya es otra historia.
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