Mínimo

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Arena, arena en todos mis pies, rojizos a pesar de no ser tan blanca, el agua se escuchaba a lo lejos ¿qué era lo que me tenía ahí atada? Su mirada… sus ojos azules que entrecerraba al calarle el sol. Sonreí. Chinitos, chinitos por doquier, mi corazón latió con fuerza. “No”, pensé “el corazón sólo bombea sangre”. ¿Por qué el mío se emocionaba al mirarlo?

Se negaba a moverse, por lo tanto hacía lo mismo.

-Y entonces-habló, con esa gravedad que lo hacía perfecto, aunque sabía que eso no existiese-. No sé, me propuse a caminar por el laberinto de mi vida.

-La mayoría de cosas que dices son demasiado confusas, ¿sabes?-suspiré al escuchar más cerca el agua.

-Lo sé…-volteó a verme-. Pero así agrandas los ojos, y es lo más bonito que he podido vislumbrar.

Sonreí de nuevo…

-Qué raro…-dije tocándole una mejilla rosada-. Que tú achiques los ojos es lo más bonito que yo he podido mirar.

Comenzó a reír también, se acercó y puso su cabeza en mi vientre.

-Me gusta estar contigo.

Enredé mi mano en su cabello, mientras el viento lo sacudía.

-A mí me gustas tú-le contesté-. No te vayas, no mientras estés feliz aquí.

-No lo haré-besó mi mano y siguió sonriendo hasta terminar esa tarde.

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