Era un seis de enero cuando
junto con su mamá se internaban en la cocina para desayunar, tan temprano era
que el reloj apenas marcaba las siete de la mañana. La niña con un uniforme
color azul, calcetas blancas y zapatos negros, se mentalizaba para otro
tortuoso día en su abominable escuela primaria.
Su mamá, frente a ella,
sacaba una cuchara y el aceite de oliva que disfrutaba darle a su hija todos
los días.
-Esto te hace bien-le dijo
un día su abuela. Lo cual su mamá obedeció con ojos cerrados.
“Me
hará bien, pero no me gusta” pensaba cada que tenía que
tragarlo.
Todos se dirían emocionados,
puesto que era el día en que los tres reyes magos llegaban con regalos y
cuchicheadas así. En la familia de la pequeña nunca se acostumbró ese ritual,
por lo cual, el día aparte de ser ordinario, llegaba a ser aburrido; pasada
navidad, todo enero, para ella era una total aberración porque:
1. Odiaba el primero de enero porque todo estaba
cerrado; le daba la sensación de soledad.
2.
Odiaba la rosca de reyes porque tenía frutos
secos que tenían forma de chile morrón; le daba esa sensación de asco.
3.
Entraba a la escuela; odiaba a sus
compañeros. Quería matarlos.
“Ni me sé el nombre de los
reyes… es muy justo que no me traigan
nada”, pensaba de nuevo al masticar su sándwich con crema (únicamente porque no
le gustaba el jitomate).
-Ya vámonos-le dijo su mamá.
Con aquella advertencia sabía de sobra que ya eran las siete con treinta.
Dio un brinco para bajarse
del banco y darle un último trago a su vaso con leche cuando tuvo la ocurrencia
de mirar hacia el árbol de navidad (que todavía yacía ahí).
-¿Qué es eso, mami?-preguntó
dejando el vaso en la barra y de camino hacia el árbol.
-¿Qué de qué?-su mamá se
hizo la desentendida.
Lo que encontró sobrepasaba
las expectativas del día. Eran juguetes, unos grandes, otros pequeños, pero
muchos juguetes.
-¡SON JUGUETES!-dijo
acercándose con rapidez-. ¡MAMÁ, VINIERON LOS REYES!
Su sorpresa no pasaba,
buscaba entre todos esos tamaños algo que le gustara hasta que lo encontró:
Un objeto metálico en forma
de flor color amarillo con pequeñas flores como grabado, envuelto en un
plástico. La niña intentó no emocionarse porque nadie le aseguraba que fuera
para ella. Pero el regalo la llamaba.
Después repasó los demás
regalos, los grandes, los medianos, buscó pistas hasta que las encontró: cada
regalo tenía un nombre, y no sólo eso, era el nombre de todos sus primos.
Diego, Kevin, Juan Pablo, Fabio, Paul, Hania, Michel e incluso el mayor Bryan. Tomó
de nuevo su flor metálica, le dio la vuleta y feliz descubrió su nombre.
“Para:
Daniela
De:
los Reyes Magos”
Era letra grabada con tinta
azul, su nombre en mayúsculas no dejó lugar a dudas ¡era su regalo! ¡Todos sus
primos tenían un regalo ahí!
-¡Es míííío!-dijo
aferrándolo a su pecho y tomando su mochila (con llantitas en ese entonces).
-Deberías esperarte a llegar
de la escuela para que…
-No, mamá, dice mi nombre, y
hay más para todos, este es mío, ningún otro dice mi nombre-la niña sonrió-. Y
ya vámonos.
Odiaba la primaria pero
odiaba más llegar tarde.
Al estar dentro de esa cárcel
llena de gorilas, se dio cuenta que la flor ocultaba muchas cosas para hacer
pulseras y collares; ese día fue sublime, nadie pudo con ella y su felicidad de
que los Reyes llegaron.
A la salida corrió a ver a
su abue sentada en una de las jardineras.
-¡Abue!-dijo acercándose y
dándole su mochila-. Me llegó esto (la flor) a la casa y había regalos para todos mis primos, espera que los vean.
-Sí… te recuerdo que vivimos
donde mismo-le dijo su abuela conteniendo una risa.
-Descubrí que puedo hacer
pulseras y collares…-comenzaron a caminar a la casa-. ¿Quieres que te haga un
collar azul? Hay azul.
-Está bien-dijo ella-. ¿Te
gustó tu regalo?
-Sí, le dieron al
punto-contestó la niña feliz.
Años después todavía
conserva esa flor, pero ahora guarda labiales y aretes, que no hizo ella,
obviamente.
***
Por el nombre obviamente sabrán que es una experiencia propia, pero me acordé hoy que me desperté a las cuatro de la mañana y vi mi flor metálica.
Tuve a la mejor reina maga del mundo, no voy a dejar de repetirlo nunca. :)
Que bonita anécdota, donde vivo no se usa mucho la tradición de los Reyes Magos, pero para navidad si recuerdo que mi abuelo (Q.E.P.D.) me regaló una nave espacial bien cúl cuando tenía como siete años, era lo más aunque se le acababan las pilas muy rápido xD
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